No permitamos que la fe disminuya

No permitamos que la fe disminuya

No permitamos que la fe disminuya

Roberto Marcallé Abreu

Lo definitivamente cierto es que el país hace esfuerzos extraordinarios por recuperar la normalidad y proseguir su ascenso hacia niveles de desarrollo y progreso que alcancen a toda la población.

Nunca olvidemos que nos encontramos en el proceso de dejar atrás crisis sucesivas, cada una de ellas de mayor gravedad y envergadura.

La diferencia esencial que uno observa luego de años fuera de nuestras calles es que las autoridades trabajan sin descanso, enfrentando todas las adversidades, y que hay quienes se niegan a comprender los imperativos y la gravedad de la situación.

Miles de turistas colman las playas y lugares vacacionales y se divierten junto a los dominicanos en el parque Colón, en la Ciudad Colonial, disfrutando de las voces maravillosas de cantantes improvisados y de apasionados intérpretes de merengues y boleros.

Su alegría es notable. Encuentro por casualidad a Milagros Ortiz Bosch en la entrada del centro oftalmológico Espaillat Cabral y conversamos un rato. Me reitera su fe en el país, en ese dominicano de todas las clases que no se deja abatir por las adversidades. Luce bien y su entusiasmo es apacible y convincente.

Si algo en verdad se respira en nuestras ciudades es la creciente ausencia de la politiquería. Porque es hora del trabajo sin descanso. Aún está muy viva en los ánimos de la población la perversidad de las anteriores autoridades, que permitieron la entronización de la epidemia y provocaron un trastorno devastador con su desidia.

Las autoridades, orientadas por el presidente Abinader, proceden con austeridad y comedimiento. El país se está esforzando por dejar atrás quebrantos graves y los esfuerzos para que se recupere resultan heroicos.

Se cumple con la responsabilidad de socorrer a los desamparados y vulnerables. Se controla sabiamente el dinero a fin de que los menos favorecidos sientan el amparo de unas autoridades que se preocupan seriamente por su suerte y que no proceden por demagogia o politiquería.

El país tropieza con dificultades graves como las secuelas que dejó tras de sí la pandemia, los trastornos en la conducta y la reciente confrontación de poderes universales cuyas repercusiones sufrimos. Descubro en el fondo de mi alma que estas desdichas nos han transformado. El dominicano no es el mismo.

Su alegría y entusiasmo aún se conservan, pero la verdad definitiva es que todos hemos sufrido gracias a los malos gobiernos y la indefensión de los débiles, así como a la presencia de gente sin principios que vive del delito y del dolor ajenos.

El presidente y su equipo trabajan sin descanso. No hay escándalos de uso indebido de los fondos públicos y cualquier rumor o evidencia es objeto de seguimiento y si hay culpables, estos son destituidos con la advertencia de que las indagatorias los puedan conducir a los tribunales y las cárceles.

Los esfuerzos se centran en incrementar la producción agrícola e industrial a todos los niveles, que nos visite el mayor número posible de turistas, que el país se reorganice sobre bases institucionales en beneficio de un progreso real y universal, sin descuidar ni un segundo la vigilancia y combate de las conductas antisociales.

Es esencial seguir enfrentando el crimen, la inseguridad, proteger a esos estratos poblacionales más decaídos, impedir el dispendio o uso indebido de los recursos públicos. Percibo, no obstante, la necesidad de incrementar los esfuerzos relacionados con la salud mental, porque tal situación estimula comportamientos inaceptables.
El combate contra la delincuencia y los antisociales posee cada vez más intensidad y vigor.

Es preciso hacer sentir a esta gente que las autoridades están observando y que el delito es perseguido y vigorosamente sancionado.
A consecuencia de la situación internacional muchos productos e insumos vitales han experimentado alzas y eso crea inconformidad y desasosiego.

Por el momento los esfuerzos se orientan a proteger los más pobres y sectores de clase media baja. Estos incrementos acarrean desconcierto, desazón e inconformidad.

La realidad es que las desavenencias sociales no se resuelven de un día para otro. La generalidad de la población sabe que las actuales autoridades recibieron un país devastado, con una población gravemente trastornada en su cotidianidad, con una enfermedad de repercusiones bíblicas y deudas y compromisos mayúsculos. Gracias a los esfuerzos oficiales los índices positivos han ido incrementándose.

Predomina el extendido criterio de que el presidente Abinader está administrando la crisis en persona y que los índices de estabilidad van en aumento. Solo que la situación internacional es un factor tan grave como atemorizante.



Roberto Marcallé Abreu