Las tecnologías: ¿salvación o peligro?



Tuve el honor de ser invitado por el rector del Instituto Tecnológico de las Américas (ITLA), ingeniero José Armando Tavárez, a pronunciar unas palabras frente a los doscientos setenta graduandos de la novena promoción de ese centro de estudios especializados. Quise llevar al auditorio algunas reflexiones que provocaran en los jóvenes graduandos cierta inquietud en la relación entre su profesión y las tendencias presentes y futuras de la sociedad globalizada, las transformaciones tecnológicas y la revolución digital que caracterizan la época actual. ¿Significan los avances tecnológicos y científicos la salvación definitiva o un grave peligro para la humanidad? ¿Significa el llamado “giro digital” un salto sin precedentes hacia la conquista de una mejor vida o podría conducirnos a una radical deshumanización y a la obliteración del pensamiento y la sensibilidad? Las preguntas no son nuevas. Pero, siguen siendo pertinentes. No son pocas las adversidades y las desviaciones seductoras de lo efímero o banal que los jóvenes han de vencer para su formación y desarrollo profesional.

Recordé, con ellos, que en una entrevista llevada a cabo en 1966 al filósofo alemán Martin Heidegger por la revista Der Spiegel, y publicada póstumamente, es decir, el 10 de mayo de 1976, como había sido pactado, bajo el título de “Sólo un dios puede salvarnos aun”, al hablar de la decadencia de la filosofía tradicional, por efecto del peso de la técnica y la racionalidad tecnológica en la modernidad, el pensador fue categórico al afirmar que la cibernética sustituiría a la filosofía, en tanto que otro modo de pensar, en la búsqueda de lo fundamental en la relación del ser humano con el conocimiento y el mundo. Eso sí, bajo la convicción de que, en su esencia, la técnica es algo que el hombre en sí mismo no alcanza dominar. La técnica es, pues, un poder. Y lo inquietante del poder de la tecnología es su eficacia en el funcionamiento, por cuanto genera una satisfacción, una autonomía que distancia al hombre de su relación con la naturaleza y consigo mismo.

En un momento de la entrevista el autor de Ser y tiempo (1927) afirma: “Mientras tanto, en estos últimos 30 años, se ha visto más claramente que el movimiento planetario de la técnica moderna es un poder, cuya grandeza determina a la historia, y que difícilmente se puede sobrevalorar. Para mí, una pregunta decisiva hoy, consiste en saber cómo atribuirle a la época técnica un sistema político, y cuál. No tengo respuesta a esa pregunta. No estoy convencido que sea la democracia”, dijo.
Esa última oración es muy preocupante, porque el filósofo pudo prever, influenciado por uno de sus maestros, Friedrich Nietzsche, que ese fenómeno tan en boga al que se llama posverdad, entre cuyas consecuencias, alimentadas por la festinación inconsciente de la comunicación digital y la sociedad red, se encuentran, la inclinación extremista de la posdemocracia, con sus ribetes de xenofobia, ultranacionalismos y populismos, así como la incertidumbre y el “miedo cósmico”, como lo llamó Mijail Bajtin, que prefiguran la sociedad de lo poshumano, con déficit de humanismo, y la hegemonía de la inteligencia artificial. Heidegger, apoyado en el poeta Hölderlin, sugiere que la humanidad puede ser salvada de la poderosa hegemonía venidera de lo tecnológico solo por fuerza del arte y de le poesía. Es decir, por la fuerza incontenible del espíritu.

No pretendo atemorizar, sino, poner el pensamiento en perspectiva, aguzar en los jóvenes el conocimiento crítico, la mirada oblicua sobre nuestro mundo. Así se forjan la mente y el espíritu auténticamente libres. Las tecnologías, no cabe duda alguna, son un poder. ¿Afirmativo o negativo?

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