Jueves, 18 de abril, 2019 | 3:05 pm

Un temor personal y colectivo



No creo que esté bien, y procuro no hacerlo nunca: eso de iniciar una columna hablando de mí mismo, pese al nombre “En primera persona”, denominación que secuestré de un editorial del “Listín Diario” escrito por el inolvidable Rafael Herrera.

Empecé a laborar como informador hace ya muchas décadas. Desde muchacho me sentía un testigo privilegiado de los hechos y las personas, sus circunstancias y conductas tanto a nivel privado como público. Siempre fui devoto de las letras, leía cuanto libro me cayera en las manos y escuchaba atento las noticias y rumores del diario acontecer.

Redactaba mis experiencias y presumía estar enterado de los rasgos visibles y ocultos de los acontecimientos.

Me eduqué en el seno de una familia donde la lectura era una actividad relevante. Mis padres, Dios los tenga en su gloria, se preocuparon de que sus cinco hijos -tres hembras y dos varones- estudiaran en colegios excelentes y ese proceder, sin dudas, amplió de manera sustancial nuestra percepción de la existencia y del mundo.

Muchos de mis educadores particulares fueron religiosos: los salesianos del colegio Don Bosco, los jesuitas del colegio Loyola y los escolapios del Calasanz.

Leía de manera perseverante todo el tiempo. Profeso por los libros un amor que no puedo describir. A nivel universitario tuve profesores como Carlos Ascuasiati y Alberto Malagón, entre muchos otros, y a quienes recuerdo con auténtico orgullo.

Mi ejercicio como periodista me transmutó en un testigo de primera dimensión. Con frecuencia me encontraba situado en el corazón mismo de los acontecimientos.

Traté personalmente numerosos estadistas nacionales y extranjeros con quienes conversé extensamente de manera pública y en la intimidad y el silencio de sus despachos y hogares.

Era un niño cuando liquidaron a Trujillo y vi mujeres llorosas lamentando su muerte y, poco después, las turbas agrediendo a los informadores y esbirros de la dictadura.

Fui testigo del triunfo de Juan Bosch en 1962, de su derrocamiento, del estallido de la Revolución Abrileña, la ocupación estadounidense, los sucesivos gobiernos de Balaguer.

Era amigo personal de Orlando Martínez. Conocí y viví en muchos países e intercambié con cientos, quizás miles de personas.

He tratado de situar mis experiencias en decenas de libros, la mayoría textos literarios y cuatro o cinco ensayos. De estos, dos se refieren a las personalidades de Balaguer y Peña Gómez, y otros a Haití como “Una vecindad peligrosa”.

Este prontuario solo persigue corroborar lo que ya enuncié en líneas anteriores: mi condición de testigo. Por esa vasta experiencia y conocimiento a fondo de los hechos debo decir que siento una gran preocupación y una mayor angustia en mi interior por los derroteros hacia los que se encamina la República Dominicana.

Hacia dónde nos dirigimos, hacia dónde nos arrastran.

No me dejo deslumbrar por las ambigüedades de las verdades a medias, de los sofismas, la propaganda, los discursos altisonantes, las cifras maquilladas, las estadísticas equívocas, o la manipulación. No tengo preferencias políticas.

Muchas cosas que ocurren y nos ocurren, no auguran nada bueno. Hay una perversidad muy extendida, son tan poderosas las garras de las maquinaciones y las intrigas contra nuestra existencia como dominicanos que es como para desfallecer de horror y desesperación.

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