Un crimen impune

Un crimen impune

Un crimen impune

El Papa, ¿por qué guarda silencio y no ha dicho nada, hasta ahora, sobre el primer asesinato registrado en las sagradas escrituras?

En cuanto a este caso, que es el más antiguo —y muy horrendo, además, porque un hombre atacó con asechanza a su hermano—, no se sabe qué podría suceder. El Papa, ¿podrá perdonar al fratricida? O quizá no sea necesario. Y resulte mejor orar para la salvación de las dos almas perdidas.

En su reciente visita a Canadá el pontífice pidió perdón por los abusos que cometieron los sacerdotes contra cientos de niños indígenas de Primeras Naciones, inuit y metis, los aborígenes originarios.

La mancha marcó una raza a través de los siglos.

La historia ya la conocía; y los periódicos se hicieron eco de toda clase de tropelía. En resumen —y para no hacer muy larga esta infame historia del siglo XIX— se dice que hubo 150 mil niños indígenas de Canadá que fueron retirados de sus casas. Eso no varió nunca; y solo menguó a partir del 1970, debido a múltiples factores.

«Un genocidio cultural», eso pudo haber pensado el Papa.

            —Es cierto que no utilicé la frase porque no me vino a la mente, pero describí el genocidio, ¿no? —dijo.

«Pedí perdón, perdón por esta obra que es genocida. Una barbaridad mayúscula acoger a estos niños en las escuelas con el propósito de aislarlos de la influencia de su cultura y cercenarles el amor de sus familiares».

El gobierno de Canadá —según las crónicas de los diarios— plantea que el maltrato físico y sexual era constante en las escuelas; y durante el aprendizaje, en las aulas, se golpeaba a los alumnos por hablar, incluso, sus lenguas nativas entre ellos.

Niños indefensos, obligados a hablar inglés o francés, incapaces de escapar a los abusos físicos, verbales, psicológicos y espirituales que, por su carácter abominable, ya no es prudente describir con lujo de detalles.

El Papa, en una visita que quiso llamar «viaje de penitencia», llegó a las ruinas coloniales donde una vez estuvo la fatídica y mal recordada Escuela Residencial Ermineskin. Allí entrelazó las manos bajo su barbilla y rezó en silencio por varios segundos; y luego, a modo de edecanes mayores, cuatro caciques indígenas con tocados de plumas multicolores en la cabeza, lo acompañaron a una asamblea de miles de pobladores autóctonos.

 «Humildemente ruego perdón por la maldad cometida por tantos cristianos contra los pueblos indígenas», El papa se trazó un objetivo básico, quería llegar al corazón de los nativos congregados, sin subterfugios; y por eso dijo «lo siento» en inuktitut, que es la lengua inuit, lo que le granjeó una salva de aplausos. Y no solo eso. En inuktitut también dijo «gracias», cuando se apagó la cálida ovación.

Las palabras de Phil Fontaine, jefe de la Asamblea de las Primeras Naciones y víctima de un internado, hizo una exhortación. Era necesario perdonar. A eso había viajado el papa desde el Vaticano.

            —Nunca lograremos la sanación y la reconciliación sin el perdón —dijo.

            Miró a la multitud congregada. Muchos con la mirada clavada en el suelo; y agregó:

             —Nunca olvidaremos aquellos actos deplorables, pero debemos perdonar.

 Los atropellos, abusos y crímenes originarios, en cierta forma, tienen vasos comunicantes.

  El primer asesinato de la humanidad, que cometió el primogénito del primer poblador de la tierra, sigue impune. El criminal actuó con premeditación.  Nunca mostró signos de que se arrepintiera del horrendo y escalofriante crimen.

La culpa está ahí. La envidia lo obnubiló. Uno de los perversos pecados capitales y que para entonces ignoraba el asesino.

Nadie dio seguimiento a ese hecho insignificante, en aquel momento sin leyes de los orígenes; y que con el paso del tiempo cobró una importancia increíble.

     Ningún crimen perime, ¿o sí? Hay pocos precedentes.

La historia necesita otra mirada, otro acto de justicia, un vuelco necesario. En tal sentido, vuelvo a los orígenes.

Habla el patriarca desterrado:

            —¿Qué vamos a hacer?

La madre no respondió cuando el padre, compungido, bañado su rostro en lágrimas, tiró a sus pies el cadáver de Abel.

El otro escapó, pero llevaba a cuestas el peso de la segunda condena divina. Era un maldito. Dios pensó que sería suficiente castigo la errancia inmisericorde, sin compasión. Y colocó en la frente del fratricida una marca de culpabilidad, indeleble. Además, nunca tendría sosiego y llevaría eternamente una vida de fugitivo. En ese momento, con apenas siete o doce habitantes, Dios hizo una advertencia: Ay de aquel que osara matarlo, o lastimarlo de alguna forma. Desataría sobre el responsable su ira devastadora.

Ahora todavía es la hora. El Papa, ¿tendrá que pedir perdón por ese crimen? ¿Querrá hacerlo? No sé. Dios, y nadie por encima de ÉL, conoce la pureza de su alma y el impoluto alcance de su bondad.



Rafael García Romero

Rafael García Romero. Novelista, ensayista, periodista. Tiene 18 libros publicados y es un escritor cuya trayectoria está marcada por una audaz singularidad narrativa, reconocido como uno de los pilares esenciales de la literatura dominicana contemporánea. Premio Nacional de Cuento Julio Vega Batlle, 2016.