Martes, 13 de noviembre, 2018 | 4:07 pm

En honor a nuestra querida Émely



Este miércoles se aguarda, con innegable incertidumbre, la sentencia condenatoria por el caso de Émely Peguero, muerta en circunstancias trágicas hace poco más de un año.

Esta niña, cuyo rostro hermoso y amable nos impresiona y entristece, nos ha hecho derramar muchas lágrimas. Uno la observa en las fotos, la agraciada sonrisa, los ojos luminosos, la piel lozana, la alegría. De verdad que era toda una belleza.

Pensar en su destino terrible, en el niño que llevaba en sus entrañas, realmente nos llenan de pesar. Al cerrar los ojos y evocar los eventos y las personas involucradas, la amargura y una tristeza profunda se apoderan de nuestro espíritu.

Más, aun: esta tragedia es de todos y cada uno de nosotros. La tragedia de nuestro país, y quién sabe si la de nuestro destino. Existen acontecimientos que conmocionan a todo un conglomerado humano y, por eso, en capacidad de provocar cambios fundamentales en la conciencia. Este es uno de ellos.

Como todos, se aspira a una condena ejemplar. Pero, con eso, no basta. Quienes han seguido este caso aterrador, dado seguimiento a las declaraciones de los involucrados y los alegatos a favor y en contra, sabe que estamos ante un suceso que nos obliga a recogernos, a reflexionar.

¿La verdad? Hemos ido abandonando gradualmente a nuestros jóvenes y a nuestros niños. Los valores tradicionales, la familia, la responsabilidad paterna, la situación económica y la actividad política como vía de enriquecimiento personal, son algunas de las cuestiones a las que es preciso dedicar la atención.

Émely y Marlon, los personajes primordiales de esta tragedia, son ambos consecuencia de un estado de limitaciones debido a las siniestras transformaciones que ha sufrido la sociedad dominicana en las últimas décadas.

Muchos padres somos en extremo tolerantes con los extravíos de nuestros hijos. Unos por exceso de protección, otros por un marcado abandono.

Émely debió ser una niña muy consentida. Puede que sus padres actuaran de forma condescendiente ante una relación que, de alguna manera, podía suponer una existencia de seguridad para alguien que procede de las clases medias bajas, o de estratos sociales inferiores.

Marlon, el homicida, nos parece el prototipo de individuo de poca o ninguna autoestima, atosigado por la dominante presencia de una madre arrogante, dedicada en cuerpo y alma a las circunstancias predominantes para hacer fortuna y con muy poco tiempo disponible para su hijo. Su padre, como se sabe, es un padre ausente.

Dos familias disfuncionales en las que los hijos se relacionan y adoptan decisiones carentes de madurez, con tolerante conocimiento de los adultos, en lucha con una existencia cada vez más exigente.

Su tardía reacción se produce cuando se presentan situaciones graves y se improvisan soluciones urgentes, complicadas o irracionales.

Todos ellos sobreviviendo en un contexto en el que el abandono de los valores tradicionales, sus reglas y el imperativo de las exigencias sociales y económicas, causan estragos inimaginables.

La tragedia de Émely nos proporciona una visión dolorosa de cómo se ha degradado uno de los valores esenciales de la sociedad dominicana: la familia. Hoy, lamentable para todos, en absoluta bancarrota.

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