Martes, 15 de octubre, 2019 | 9:21 am

Cura del gadejo…



En la isleña República de Farafangana, que quizás recuerden algunos lectores, hay en su capital Cabo Viernes un parque llamado Plaza del Truño.

La idea la llevó un pirata que al pasar por Santo Domingo vio en el solar frente a su catedral un poste donde eran amarrados esclavos rebeldes y otros delincuentes, para que cualquier transeúnte que quisiera les dieran unos cuantos azotes con un látigo de cuero de buey cimarrón.

Junto al poste había una alta solitaria palma real, que algunos muchachos trepaban para ver mejor los sucesos cuando había aglomeraciones por cualquier motivo.

En la Plaza del Truño, los jueces farafanganos condenaban a los agitadores políticos o sediciosos a gaviarse desnudos al tope de un obelisco y quedar enhiestos como banderas por plazos de días. Era muy efectivo.

Los condenados bajaban mansitos y con el caco frío, reordenado. Un famoso caso fue el de un profesor indignado, quien tras perder un concurso insultó al gobernador. Hizo una rabieta antológica. Dos semanas bastaron para desguindarse manso, pero muy cejijunto…

José Báez Guerrero

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