Caso Percival, ¡qué pena!



El caso Percival me ha entristecido. Pone a pensar cómo el comportamiento de nuestra sociedad, sus instituciones, dirigentes, padres de familia, pueden influir en la formación de los hijos.

John Percival, de 34 años, fue acribillado a balazos. De clase media, hijo de un general retirado, llegó a ser teniente del Ejército. Era buscado por cometer acciones delictivas. ¿Qué lo motivaba? No necesariamente era dinero.

¿Se desafiaba a si mismo? ¿A quién quería demostrarle coraje con sus acciones? Todo esto es digno de un estudio cuidadoso.

Hay casos donde jóvenes alimentan su personalidad con antivalores que observan en el entorno.

El comportamiento de los padres y líderes públicos son fuentes de aprendizaje.

En el hogar, algunos padres en su afán de darles una personalidad fuerte los someten a una disciplina arbitraria, los humillan, los tildan de cobardes, dizque para hacerlos valientes.

Estos hijos, educados en contradicciones, crecen inseguros, los deforman. Para demostrar coraje a los progenitores ejecutan acciones temerarias, arriesgando la vida.
En la sociedad tenemos dirigentes que también deforman la juventud.

Son funcionarios corruptos, sobornables, ladrones no castigados, más bien alabados y premiados con altas posiciones en el Estado, tratados como héroes que trazan directrices.

Cuando los jóvenes observan que el poder y el dinero son lo más valioso, tienden a buscarlos, desplazando los valores morales.

El mensaje que captan es: “si robas mucho dinero y estás en el poder, no caerás preso”. Hay una estructura que los blinda, garantiza la impunidad, archiva el expediente.

Entre otros, veamos los casos Odebrecht y Tucano. El sistema judicial no funciona y se resisten a hacer una profilaxis en la Policía y los organismos de seguridad.

La juventud observa. La empujan a formar bandas de delincuentes.
El caso Percival es producto de ese sistema.

Lo que sorprende no es que asaltara, robara y asesinara, lo que impacta es la metodología elegida para hacerla: desafiante, directa, sin máscara, reiterativa, como quien sabe por qué lo hace así. En cada acción, demostraba que las instituciones no funcionan.

Miles de hombres armados lo buscaban y aparecía saltándoles en sus narices. Le perdió el amor a la vida, como si le diera asco la sociedad.

Por algún motivo, Percival no escuchaba los llamados de su progenitor. ¿Cómo fue educado? ¿De quién aprendió? ¿A quién deseaba dedicarle sus acciones? Su actitud era desafiante, como para destacar la fragilidad del sistema donde otros depredan, saquean… no centros comerciales, sino al Estado.

Roban los bienes al pueblo, asesinan de hambre los infelices. ¡Y no pasa nada!

El caso Percival mueve a la reflexión. Ojalá psicólogos, psiquiatras, sociólogos y políticos lo analizaran en todas sus vertientes. La juventud está atenta.

Apremia formar una nación, donde impere la justicia, donde enseñen que trabajar en buena lid nos da paz, libertad, es el tesoro más grande.

Si queremos erradicar el árbol de la delincuencia, no sólo debemos cortar las ramas, sino erradicar las raíces. Urge que el gobierno tome el látigo y como Jesús en el templo, saque los mercaderes de la estructura social.

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