Aforismos

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Aforismos

José Mármol

A veces nos rebanamos los sesos preguntándonos si, en efecto, estamos viviendo una época de cambios o un cambio de época. No es un mero juego de palabras.

En ese dilema nos jugamos la comprensión o no de los tiempos en que discurre nuestra propia existencia, sea esta, en términos heideggerianos, auténtica o no.

Si a Baudelaire le impresionó la velocidad como una característica singular de la modernidad del siglo XIX, a nosotros, en la hipermodernidad, nos desconcierta la aceleración, que no solo atiene a los derivados de la revolución tecnológica y sus artefactos de consumo, sino también al estilo y políticas de vida que desde finales del pasado siglo hasta hoy venimos experimentando, bajo la sumisión inconsciente de ese fenómeno transformador.

La aceleración trae consigo la fragmentación. El tiempo, acelerado y dislocado, arremetió contra el ocio y contra la vida contemplativa, convirtiendo la acción díscola en un culto delirante.

La escritura, en tanto que expresión o revelación de una época, también subversión de ella misma, no ha estado ajena a los acontecimientos de la inmediatez, de lo efímero, de lo volátil.

Aun así, la naturaleza rebelde de la escritura atenta contra esa volatilidad y, aunque breve, fragmentada, no deja de ser incisiva y de apuntar hacia su objetivo ulterior: la permanencia, la transgresión de lo establecido, aun sea a lomos de la propia incesante movilidad. Este es, pues, el tiempo ideal del aforismo recuperado, en tanto que escritura breve, pero profunda, reveladora de la más intensa y hermosa vitalidad del pensamiento.

En mis precarios intentos de construirme una teoría acerca de mi propio tiempo vital, me he atrevido a cultivar la escritura fragmentaria. Me permito compartir con los lectores de esta columna algunos, hasta ahora inéditos:
. Soy un metafísico, suelen decir mis detractores. Ignoran que su anatema encarna una imposible mejor forma de elogio.

. La palabra, cuando comunica, en realidad incomunica, oculta, oblitera el sentido de lo dicho. El enunciado es la mera corteza. El sentido del sentido habita en la mudez de lo desocultado.
. La humildad, si es auténtica, no precisa de ser predicada o declarada. Es como la rosa de Silesius, que nace sin por qué y florece porque florece.

. He llegado del futuro hasta hoy. No son halagüeños los presagios. Quiero que mi camino al porvenir signifique la vuelta a mi propio origen.

. La decadencia del humano es como la elasticidad del universo, mientras más se ahonda, más se extiende. Lo sacrílego estriba en que no conozca el descanso.
. Ser consciente de cuánta ignorancia te ocupa es una incontrovertible señal de inteligencia.

. No es de reprimir la misión actual del poder en el mercado. No. De lo que se trata es de evitar que el disenso, base de la contestación, llegue siquiera a constituirse. Ese es el poder absoluto.

. La libertad de pensamiento en la sociedad globalizada y de consumo, en la democracia amorfa y genuflexa, paga un precio muy elevado, el de la carencia del pensamiento crítico y una mera ilusión de libertad.
. La misión fundamental de la filosofía estriba en luchar incesantemente y de forma interrogativa contra la fatiga dolorosa del pensamiento mismo.

. Pensar críticamente significa romper la cadena invisible y persuasiva de la opresión sutil ejercida por un orden simbólico dominante y unidimensional.

. Pero, si es el hecho incontrastable de que hoy día no pensamos, lo que nos hace procurar el pensamiento como una posibilidad reafirmadora.
. Un optimista escéptico, dijo alguien que soy. No rehúyo, ¿de qué vale?, la conmiseración de los abismos. No me fatigan las derrotas de que se hacen los senderos hacia la esperanza.



José Mármol