Sujeto cibernético y transido

Sujeto cibernético y transido

Sujeto cibernético y transido

José Mármol

A partir de la lectura del ensayo de Andrés Merejo titulado Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos (Santuario, Santo Domingo, 2023) tiene lugar el axioma de que la comprensión analítica de una nueva realidad, especialmente la nuestra, que es a la vez virtual y transida, requiere de un distanciamiento del lenguaje filosófico ajeno a este nuevo paradigma y, asimismo, la instauración de un aparato categorial disruptivo que lo haga objeto de pensamiento crítico.

Así queda instaurado el puente, desde la mirada de Deleuze que retoma el autor, entre lo actual, en tanto que realidad fáctica, y lo virtual, en tanto que redimensionamiento cibernético en tiempo (ahora instantáneo o simultáneo) y espacio (ahora ubicuo, intangible o virtual) de esa misma realidad.

A ese tenor viene a cuento la noción de sujeto fractal de Baudrillard, que refiere el nuevo individuo, fragmentado en partículas de sí mismo, de identidades múltiples, que habita en las redes, sujeto no ya de la modernidad sino de la hipermodernidad y la hiperconexión, al que Merejo denomina sujeto cibernético, cuya dimensión ontológica estará subordinada al ámbito de la información, la adición o cálculo, el culto a los datos y el medio digital, que al concretarse como ruido de la información misma, se resuelve en crisis de la auténtica comunicación.

La idea de lo transido, un aspecto central de la filosofía de Merejo, ha de asumirse como expresión de un nuevo descontento ante el legado de la modernidad y sus promesas incumplidas, sobre todo, de libertad, razón y progreso, que ahora se presenta como desencanto, desgarramiento existencial y dolor frente a la hipermodernidad, la globalización, el modelo económico y político neoliberal, la pobreza galopante y la crisis de la democracia, todo ello en un escenario que en los últimos años ha tenido como ineludible trasfondo la crisis sanitaria de la Covid-19 y sus efectos directos en lo económico y lo jurídico político, sobre todo por la oposición entre Estado de derecho (o libertad individual) y preservación de la vida (o confinamiento colectivo); también la urgencia científica en procura de vacunas y la deriva ética por la carrera comercial de las farmacéuticas globales.

La construcción de un discurso sobre lo transido como rasgo característico fundamental de la dominicanidad de los tiempos cibernéticos actuales, más allá de nuestras limitaciones educativas y tecnológicas, más la brecha digital que las desigualdades sociales generan, impulsa a Merejo a filosofar en el plano de la prognosis; es decir, pensar más en lo que vendrá y sus consecuencias, a partir de condiciones presentes con elementos en ciernes, en la medida en que no nos podemos considerar una sociedad tecnológicamente súper desarrollada, aunque tampoco del todo atrasada.

La perspectiva de lo transido se torna, como la condición de lo posmoderno en Lyotard, en su momento, en un vasto objeto de análisis para una cultura, un tiempo y un espacio que tipifican nuestro estadio de desarrollo como nación, dubitativo o enredado entre lo real y lo virtual, como gusta subrayar al autor, y lo contextualizan regional y globalmente.

Al plantearse el problema de construir un discurso racional, analítico de esa condición, nuestro pensador admite que abordar la dominicanidad transida entre lo virtual y lo real le hace verse envuelto en espejos, en los que se van a reflejar los agotamientos y malestares sociales padecidos por el sujeto dominicano.

Transido, conviene precisar, es un adjetivo que, de acuerdo con María Moliner en su Diccionario de uso del español (2007), deriva del participio pasado del verbo transir, del latín ‘transïre’, que significa pasar, terminarse o morir. El significado de transido remite a algo afectado por un dolor físico o moral intensísimo. Continuará.