Tropezar de nuevo con la misma piedra



La burguesía anticubana de Miami tiene tanto poder que es capaz de hacer cambiar la política internacional de los Estados Unidos, el país más poderoso de la tierra.

Una burguesía contrarrevolucionaria, cegada por un odio visceral a la revolución, que le ha hecho perder el sentido de la realidad y la capacidad de aprender las enseñanzas de la historia.

En un sorprendente gesto de realismo y valentía, el presidente Barack Obama tuvo el tino de reconocer que la hostilidad recalcitrante hacia Cuba era un fracaso y tuvo el coraje de restablecer las relaciones y dar pasos encaminados a una normalización del trato entre los dos países.

Entonces la aristocracia del exilio de Miami pegó el grito al cielo, se alineó con el candidato Donald Trump y ahora el presidente Donald Trump tiene que pagarle el favor de haberlo ayudado a llegar a la Casa Blanca.

Y el viernes pasado vimos a ese insólito presidente, rodeado de viejos e incorregibles terroristas, de grandes empresarios financiadores de actos de agresión y sabotaje contra un país soberano, de propagandistas y voceros del odio; en un espectáculo impropio del jefe de Estado de un país tan importante como el que Trump dirige.

Allí anunció, con aire de perdonavidas, la vuelta a las restricciones y trabas del pasado y a las exigencias de capitulación incondicional a la Cuba libre y soberana que él debiera conocer.

Trump retorna al camino viejo, a los viejos aires de la guerra fría y con una especie de ultimátum en las manos pretende poner a su rival manos arriba. Al rival que él ha inventado. Cuba no le está exigiendo nada a los norteamericanos sino el trato entre iguales que Cuba ha defendido en todas las circunstancias.

Pero la vieja aristocracia del exilio en Miami no concibe ese trato y ha encontrado el socio que necesitaban. Y ahora oímos al presidente cantar al son que ese exilio desea. Trump vuelve a tropezar con la misma piedra con que tropezaron casi todos sus antecesores desde 1959.

Y es penoso, porque es el pueblo cubano, e incluso parte de los cubanos residentes en Norteamérica, quienes pagarán las consecuencias. Claro que en Cuba hay cosas que enmendar y superar, pero es Cuba la que tiene que hacerlo y hay que confiar en que lo hará, pero sin rendirse ni entregar su soberanía.

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