Juventud digital y futuro humano



Preocupa al filósofo neoheideggeriano Byung-Chul Han que, por la obnubilación o ceguera producidas por la embriaguez digital, el individuo del “enjambre digital” o “masa digital” sea un sujeto aislado, aunque se jacte de estar hiperconectado, porque la hiperconexión no equivale a auténtica comunicación.

Sustenta que al enjambre digital le falta un “alma” o un “espíritu”, dado que unirse en un enjambre digital no garantiza el desarrollo de un “nosotros”.

“Los habitantes digitales de la red -dice- no se congregan. Les falta la intimidad de la congregación, que producirá un nosotros. Constituyen una concentración sin congregación, una multitud sin interioridad, un conjunto sin interioridad, sin alma o espíritu” (En el enjambre, 2014).

Tenemos personas aisladas, singularizadas (Hikikomoris) que viven al margen de la sociedad, que se pasan el día ante los dispositivos y medios audiovisuales o el monitor sin salir de la casa.

De esa tendencia deriva la ciberadicción denominada “infoxicación”; es decir, intoxicación por exceso de información.

Los colectivos digitales, cuando tienen lugar, llegan a ser apenas modelos colectivos de movimiento caracterizados por la fugacidad, volatilidad e inestabilidad. No son duraderos.

Hemos visto y vivido en buena parte del mundo manifestaciones sociales y políticas que descansan en este principio y de ahí su fragilidad.

Para Han, el nuevo hombre “teclea”, en lugar de “actuar”. “La cultura digital descansa en los dedos que cuentan. Historia, en cambio, es narración. Ella no cuenta. Contar es una categoría poshistórica. Ni los tweets ni las informaciones se cuentan para dar lugar a una narración.

Tampoco la “time line” (línea del tiempo) narra ninguna historia de la vida, ninguna biografía. Es aditiva y no narrativa.

El hombre digital digita en el sentido de que cuenta y calcula constantemente”, afirma Han (p.60). Lo aditivo virtual es alienante porque nos aparta del relato de la vida.

La responsabilidad moral, como posesión y derecho inalienables en cada uno de nosotros, nos fuerza a superar el aislamiento y la soledad digitales, para hacernos más compromisarios de la solidaridad y la lucha por el bien común, para atenuar cualquier intento o huella de inconsecuencia con la vida.

Nuestra sociedad atraviesa por una severa crisis en términos de valores éticos y un individualismo rampante, narcisista y mercurial nos ha hecho tocar fondo, quebrando el sentido de solidaridad como recurso de sobrevivencia del tejido social y del espíritu comunitario.

Pero, no es menos cierto que en nuestros jóvenes descansa nuestra fe en un mundo mejor. Los jóvenes son dueños de una nueva visión acerca de la relación entre cultura y naturaleza, entre individuo y sociedad, entre ciencia, tecnología y humanismo.

Han de ser los defensores de la instauración de límites éticos a los desbordes del economicismo, consumismo, cientificismo, armamentismo y tecnologías bioéticas.

Tienen el derecho de exigir a los mayores un legado menos cruel, menos abismal y más esperanzador; pero también, descansa sobre sus hombros la responsabilidad, una responsabilidad moral impostergable, de armonizar los fines y medios de las tecnologías y del espectro digital con las aspiraciones de vida, conservación del medioambiente y libertad de los hombres y mujeres de este mundo.

Solo con sus sueños, luchas y aspiraciones la amenaza de lo invasivamente artificial, como prótesis de la vida, y de lo poshumano, como degradación deleznable de lo humano, así como los terribles efectos colaterales del peligro y potencial catástrofe de un mal científico y tecnológico mayor, en todas las dimensiones, serán disipados, en buena lid, para ir de la mano, sin muros ni fronteras, sin odios ni cerrazón hacia la construcción de un futuro promisorio, solidario y duradero.

El porvenir lo encarna la juventud éticamente responsable.

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