Martes, 19 de junio, 2018 | 3:08 am

Generación y nativos líquidos



El auge del prefijo ciber, que marca el predominio del giro de la tecnología de la comunicación digital, nos ha ido acostumbrando a la noción de nativos digitales, con la que definimos, desde Marc Prensky (“Digital Natives, Digital Immigrants”, 2001) a aquellos individuos que nacieron con el lenguaje de las computadoras y los dispositivos para internet y videojuegos, y que han crecido en interacción con las tecnologías digitales y su vertiginosa transformación.

Se les sitúa como venidos al mundo a partir de 1990 y sus destrezas y habilidades se reflejan en el manejo fácil de las computadoras y demás dispositivos digitales, y en contactarse aprovechando los recursos de la red y el establecimiento de comunidades virtuales.

Su modo de consumo y su forma de pensamiento, por tanto, su estilo y estrategia de vida están estrechamente vinculados a la ubicuidad e instantaneidad de las tecnologías de la comunicación digital. Suponen, respecto de las generaciones anteriores, la instauración de una brecha o una disrupción en lo alfabético, lo socialmente vinculante, en la expresión y canalización del deseo y en lo epistemológicamente viable para la construcción de nuevos espacios de pensamiento, nuevos emprendimientos y negocios, nuevos e impensados productos de consumo, incluso, nuevas y múltiples identidades. Son los cibersujetos que aventajan en el cibermundo y la cibercultura dominantes hoy.

A partir del diálogo establecido entre Zygmunt Bauman (1925-2007), creador de la metáfora del mundo líquido, y Thomas Leoncini (1985), publicado póstumamente bajo el título de “Generación líquida.

Transformaciones en la era 3.0” (Paidós, 2018), el joven periodista y estudioso de la posmodernidad pone en circulación el término generación líquida, con el cual define a los comúnmente llamados millennials o nacidos entre los años 1980 y 2000, precedidos por los integrantes de la generación X, que comprende los nacidos entre mediados de los 70 e inicios de los 80.

A la generación líquida corresponden los nativos líquidos, los ciudadanos cuyo epicentro existencial gira en torno a su propia individualidad y una marcada autonomía facultada por el autocontrol inherente al uso cotidiano y excesivo de las herramientas y los lenguajes de la comunicación digital.

El yo de la cultura online (virtual, digital) es más autónomo, por mor de las tecnologías, que el yo de la cultura offline tradicional (analógica).

Sin embargo, y a pesar de que se intente confundir conectividad con comunicación, cuando no es lo mismo estar conectados que comunicarse, los sujetos de la generación líquida son tendencialmente más solitarios y, por tanto, más proclives a lo que Byung-Chul Han denomina patologías sociales de la urdimbre o enjambre digital y la sociedad de rendimiento y dopaje, especialmente, narcisismo, síndrome del quemado (burn out) o autoexplotación, tedio y depresión.

El “modus convivendi” del cibermundo del siglo XXI es diferente al “modus vivendi” del mundo concreto del siglo XX, porque el tiempo, el espacio y la velocidad, además de la identidad (hoy identidades múltiples) han sido transformados por la revolución tecnológica y el giro digital.

Al nativo líquido, en su mayoría, le importa más conectar que ser. Y la cuestión de existir parece reducida al llamado de estar o no estar en la red, aparecer o no aparecer en el orden virtual.

Los hijos del “baby boom” o nacidos entre 1946 y 1964 luchamos por construir un lugar mejor en el mundo.

Los nativos digitales se sienten conformes con un no-lugar, dado que su sentido de la topología se encuentra en el ámbito virtual.

Su espacio físico, que da entrada a la dimensión ilimitada del ciberespacio como su lógico hábitat, se reduce al tamaño de la pantalla líquida de un teléfono inteligente de bolsillo.

José Mármol

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