Sábado, 19 de enero, 2019 | 9:32 pm

Extravío y desconcierto



El manejo del estallido, el incógnito número de muertos, desaparecidos y heridos en una empresa de plásticos ubicada en Villas Agrícolas, así como el contexto en que se produjo ese trágico evento, se aproximan en mucho al ancestral decir sobre la gota que rebosa el vaso de la paciencia ciudadana.

Con un aire de extravío y desconcierto, el dominicano de todas las esferas sociales se pregunta qué fue, en verdad, lo que ocurrió. Porque no se trata, solo, del aura de misterio que circunda la tragedia.

Los detalles, que es donde radica la verdad, revelan una situación en capacidad de sumirnos en la angustia más aterradora.

Testimonios y evidencias son concluyentes. Considerando la peligrosidad de la operación, fue notoria la ausencia de los denominados “protocolos de seguridad”.

No parece que se produjera una evacuación organizada, aunque transcurrieron casi cuarenta minutos entre la liberación accidental de una de las mangueras utilizada para el trasvase del gas y el estallido. En los videos firmados en el interior de la empresa se vislumbra a personas rodeadas de nubes de gas, se escuchan sus voces, pero no trasciende el abrumador eco de alguna alarma.

Tras el suceso, nadie ha orientado o se ha preocupado por la situación de decenas de parientes de los empleados, ni por los vecinos y los negocios que sufrieron el áspero golpe de la onda expansiva.

No se ha informado de forma creíble sobre las muertes acaecidas. Se especula sobre el número, ya que, según la declaración de la empresa, en el lugar laboraban unas doscientas noventa personas al momento del siniestro.

Referirse a seis o siete decesos no parece lógico, si se confronta con la magnitud del evento.

Salvo dispersar a la fuerza, lanzar bombas lacrimógenas a las personas que procuraban información de sus relacionados y mantener militarizada la zona, las autoridades han mantenido un absoluto hermetismo en relación al siniestro.

De ahí surge nueva vez la percepción generalizada de que, quienes nacimos en este país estamos totalmente desprotegidos.

Se han alcanzado progresos indudables en la República Dominicana, pero en la generalidad de las cosas hemos cambiado para mal. Somos más vulnerables como ciudadanos. Entendemos o sabemos poco de cuanto ocurre.

Sin consulta previa se toman decisiones de las que solo se vislumbran mayores amarguras y sacrificios para la gente.

Las consecuencias: corrupción, impunidad, una justicia que deja demasiado qué desear, cuerpos de seguridad que carecen del debido entrenamiento y obedientes a intereses que en poco o nada tienen que ver con los de las mayorías.

Secretismo, inseguridad, elevadísimo costo de la vida, negocios groseros con los recursos oficiales, asesinatos de hombres y mujeres por doquier, robos, asaltos en las calles, escalamientos criminales, destrucción de ríos y bosques, abandono de barrios, campos y ciudades, masiva presencia haitiana, una convivencia cada vez cada vez más resquebrajada y una ciudadanía desbordada por las preocupaciones, abandonada, ignorada.

Gracias a Dios que el unánime rechazo de las mejores voluntades obligó a los incumbentes a no suscribir el funesto Pacto sobre las Migraciones.

Al margen de las desgracias que nos perturban, esta actitud solidaria bien puede interpretarse como que la masiva y generalizada frustración del ciudadano podría volcarse en el propósito de una profunda e irreversible transformación de toda esta maldad que atormenta nuestra existencia.

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