Lunes, 24 de septiembre, 2018 | 2:47 pm

Aníbal Barca, el orgullo de Cartago



En el discurso de rendición de cuenta de 2011 el expresidente Leonel Fernández explicó la reelección presidencial. En aquel discurso triste, por un lado, y pletórico en elogios para sí, hay un hombre que dice parecerse a Aníbal, el orgullo de Cartago.

Citó a Aníbal Barca (* 247 adC – † 183 adC), el célebre estratega militar cartaginés. Y aunque pretendió atribuirle interés histórico, respecto a la derrota romana en Cannas, que por su trascendencia habría sido mayor si el enemigo hubiera seguido adelante.

Evoca el momento en que se detuvo a reflexionar si debía arrasar a Roma, porque (no es una interrogante ociosa, sino la más importante del mundo civilizado occidental) sintió temor de destruirla.

¿Por qué Aníbal no destruyó Roma?, tiene, en el contexto de aquel discurso, la misma valoración que si decimos, entonces, ¿por qué el expresidente no se presentó a la reelección? Uno de los enigmas más colosales a esta preocupación, es que el general cartaginés empleó sencillamente su táctica de político, por necesidad.

Los historiadores que creen esta teoría arguyen a que no quiso perder tiempo en un asedio prolongado cuando parecía más sencillo aislar esta ciudad del resto de toda Italia. Su idea de destruir a Roma era solo romper la cohesión del imperio, dividir la federación itálica, quitarles a los pueblos de Italia el temor hacia Roma y devolverles la independencia.

En ese sentido, Leonel Fernández tiene muy en cuanta la herencia de un guerrero como Aníbal Barca. Porque la táctica, el suspenso innecesario de su reelección, lo costoso de su silencio fue muy dañoso para el país, le hizo parecer como el Presidente que quiere que sus adversarios permanezcan “noqueados”, para convertirse en el señor de toda la nación, como un bárbaro.

Más aun, aquel general, de las más notorias familias de Cartago: los bárcidas, vástago del glorioso general Amílcar Barca, una auténtica pesadilla para los generales romanos durante la I Guerra Púnica (264- 241 a. C.), al crisol de los historiadores recibió mandato de odiar a Roma, de acabarla.

Las oportunidades que Aníbal desarrolló no son sino, las experiencias que le enseñó su padre. Esto es contrario a lo que muchos creen, Aníbal no fue un destructor, sino un libertador.

Empero, la experiencia de este raro personaje se puede reducir a la inevitable rivalidad entre las dos superpotencias de la época: Cartago y Roma; estoy convencido, que si miramos el rol de político del expresidente, su ejercicio se ha definido por la destrucción de los demás partidos y la de sus líderes dentro de su propia organización.

Algunos creen que el expresidente es el líder de una horda de reeleccionistas que van tras sus empleos y sus privilegios, y necesitan el continuismo.

Lo esperado es que quien dijera de sí ser “nada más que un humilde ciudadano”, asuma “el sacrificio de aportar su modesto concurso a un mejor porvenir para el pueblo dominicano” como líder de su partido, y nada más. Recordemos la amonestación de Mahárbal, uno de sus oficiales del general cartaginés, ante la negativa de ¡No marchar sobre Roma!, cuando este le dice: “La verdad es que los dioses no se lo conceden todo a una misma persona. Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovechar la victoria”.

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