Viernes, 22 de marzo, 2019 | 9:59 am

Cosas veredes, sancho…



En enero de 2019 se cumplirán cuatro años de la invitación que me formuló la legisladora Cristina Lizardo, entonces presidenta del Senado de la República, para que asistiera a la puesta en circulación de un libro sobre el profesor Juan Bosch del poeta Mateo Morrison.

Era 26, Día de Duarte, y yo, personalmente, acababa de ser sorprendido por una llamada de José (Pepín) Corripio, anunciándome el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura. Pese a los nuevos compromisos, opté por asistir.

Antes del evento, Cristina Lizardo, el cantautor José Antonio Rodríguez, entonces ministro de Cultura, y los poetas Tony Raful y Morrison celebramos un aparte. Recuerdo el entusiasmo de Rodríguez, quien nos confió “estar a punto” de someter un proyecto de ley orientado a “elevar la dignidad” (no aseguro que fueron sus palabras exactas) de los galardonados. Cristina se comprometió a “darle curso de inmediato”.

Se hizo énfasis en los significativos méritos de José (Pepín) Corripio y su familia, cuya Fundación ha asumido la responsabilidad de conceder a cada seleccionado un emolumento de un millón de pesos, suma que recientemente fue elevada a dos.

Y de celebrar un acto solemne en el Teatro Nacional al momento de la entrega del pergamino, además de un banquete en su honor.

La actitud del entonces ministro de Cultura, y no creo que por su culpa, se quedó en los buenos deseos y las mejores intenciones. El proyecto de ley, si es que salió del ministerio, quizás terminó por extraviarse u olvidarse en el Palacio.

En principio, se concibió la idea de publicar, si no la obra completa del galardonado, sus libros más relevantes. Nunca se hizo.

Se pensó en conceder una especie de asignación o de emolumento de por vida que permitiera a los premiados seguir produciendo sin los agobiantes tormentos de las limitaciones de toda naturaleza. Otro sueño.

Alguien propuso crear una “Oficina del Premio Nacional”, de forma que durante el año el escritor escogido pudiera dictar conferencias, disponer de contactos con escritores, editoriales, centros culturales, tener un apropiado lugar de reuniones y elaborar planes y programas en beneficio del arte y la cultura. Nada de eso se hizo.

El hecho objetivo es que, en tanto la Fundación Corripio ha cumplido muy por encima de su voluntario compromiso con los autores galardonados, el Estado no le ha concedido a los Premios Nacionales importancia alguna.

Algo que no es de extrañar.

Un Premio Nacional de Literatura, se supone, posee un significado especial para el país que lo otorga. Como realidad, enriquece infinitamente su valor real e histórico, su autoestima.

Solo que en nuestro medio y para quienes orientan nuestros destinos, un Premio Nacional no pasa de ser un don nadie.

Algunos de quienes lo obtuvieron subsisten en condiciones que bien pueden calificarse como dificultosas.

Claro, es el país en que vivimos. Mientras cualquier personaje adscrito a los litorales políticos es favorecido con concesiones fabulosas, aquellos que dieron y dan lo mejor de sí para enaltecer sus orígenes e incrementar los cimientos del ser nacional, sencillamente subsisten en condiciones a las que no es bueno ni siquiera referirse. Y por supuesto que no son los únicos.

Una situación lamentable que, por lo que se vislumbra, y como la mayoría de tantos males que nos aquejan, quizás nunca merecerá la atención de quienes están en capacidad de cambiar estas deplorables circunstancias. Cosas veredes, Sancho…

Publicidad