Martes, 11 de diciembre, 2018 | 6:00 pm

Machado y sus días azules en Visor

José Mármol
José Mármol


Tuvo dos razones para querer morir. Una, la derrota de la Segunda República Española y la marcha a un exilio que se convirtió en su eternidad.

La otra, anterior y desgarradora, el fallecimiento en 1912, luego de tres años de feliz matrimonio, a pesar de una diferencia de 19 años de edad, de su amada Leonor Izquierdo, hecho que le produjo un inconsolable dolor. Leonor murió con un ejemplar en sus manos de la primera edición del libro de su marido que ayudó a hacer realidad, “Campos de Castilla”.

Antonio Machado (1875-1939), poeta cimero de la Generación del 98 y para quien la conciencia, como libertad, es anterior al alfabeto y al pan, símbolo del éxodo y la tristeza de la España vencida, murió un Miércoles de Ceniza, 22 de febrero, a las tres y media de una fría tarde, en el Hotel Bougnol-Quintana de Collioure, pueblo marino de los Pirineos Orientales del sur de Francia.

Había llegado allí con lo puesto el 28 de enero, luego de una forzosa travesía, desde Barcelona, acompañado de su anciana madre y de los escritores Ramón Xirau, Corpus Barga, Carlos Riba y Tomás Navarro Tomás, además de miles de familias españolas sin más opción que un largo y doloroso exilio.

Tres días después, justo en el que celebraría su cumpleaños ochenta y cinco, la madre, Ana Ruiz, que había proclamado que viviría tanto como su hijo Antonio, murió en el mismo lugar.

El cementerio de Collioure acoge los restos de ambos en una misma tumba, lugar de peregrinación de poetas de todo el mundo.

En un bolsillo del gabán de Machado, al momento de su deceso, se encontró un pequeño papel con un par de anotaciones.

Una de ellas rezaba: “ser o no ser”. La otra, que encierra la estructura rítmica y la belleza de un verso esencialmente machadiano decía: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Jesús García Sánchez (Chus), fundador de la prestigiosa Colección Visor de Poesía, que a sus casi cincuenta años es dueña de un catálogo con voces representativas de la poesía universal clásica y contemporánea, ha redescubierto ese verso para hacerlo el emblema conmemorativo de la publicación del número mil de la colección.

La antología titulada “Estos días azules y este sol de la infancia. Poemas para Antonio Machado” (2018) ha reunido a poetas de España e Hispanoamérica, para lograr el conjuro del inseparable vínculo entre lo fundamental y permanente de la vida, que vibra en la poesía, y el reclamo inquebrantable de la verdad humana. Machado nos enseñó que la poesía es palabra esencial en el tiempo.

El propio editor afirma en su prólogo: “Una de las tareas de la poesía es conservar viva la memoria de lo que merece estar para siempre junto a nosotros. (…) La Editorial Visor considera que este libro es un homenaje a la memoria de uno de los más significativos escritores de la lengua. Pero también supone el reconocimiento a una persona que nunca abandonó la dignidad. Como poeta, asumió con orgullo ser portador y representante de la autenticidad y de la filantropía sin dobleces”.

Conforman el volumen voces consagradas como las de Claribel Alegría, Caballero Bonald, Antonio Colinas, Fernández Retamar, Luis García Montero, Joan Margarit, Juan Carlos Mestre, Nancy Morejón, Oscar Hahn, Yolanda Pantín, Cristina Peri Rosi, Sánchez Robayna, Rafael Courtoisi, Jorge Urrutia, Ida Vitale; voces más jóvenes como las de Mario Bojórquez, Alí Calderón, Elvira Sastre y Raquel Lanseros, entre otros. Allí, dos poetas dominicanos, Soledad Álvarez y quien escribe. El tiempo de Machado es la eternidad; el de Visor, la permanencia.