Sábado, 15 de diciembre, 2018 | 6:32 pm

El fracaso del experimento brasileño



De unos años acá, en América Latina se viene presentando el modelo brasileño de lucha anticorrupción como ejemplo a seguir.

Se nos mostró a jueces-héroes a los que la mitología dominante atribuyó haber adecentado la política a golpe de fiats judiciales.

Se nos dijo que no importaba que la persecución penal fuera selectiva, porque por algún lugar debía empezarse. Que daba igual que se destituyera una presidenta que no estaba acusada de ningún delito porque “ella algo debía saber”; que se inhabilitara a un candidato objeto de un proceso exprés porque, aunque el caso no fuese sólido, eran tantas las acusaciones que alguna debía ser cierta.

El pasado domingo hemos visto el resultado de este experimento: Brasil se aboca al autoritarismo.
Con todas sus fallas, la democracia brasileña y el modelo posdictadura habían alcanzado una estabilidad importante en los gobiernos del Partido de la Socialdemocracia Brasileña y del Partido de los Trabajadores. Como cualquier democracia emergente, arrastraba pesadísimos lastres.

Entre ellos, la corrupción. Una corrupción inmensa, estructurada, planeada, generalizada y de la que participó activa y entusiastamente el sector privado, aunque eso último quede atenuado en el dogma.

Esa corrupción sirvió de excusa para que los sectores conservadores lograran con procesos judiciales lo que no habían logrado en las urnas: desalojar al PT del poder. En un ajuste de cuentas entre corruptos se encargaron de destituir a Dilma y anular a Lula. Esto con la esperanza obvia de sucederles en el poder.

Lo que no calcularon fue que desmontar un sistema político de repente no sale gratis. Creer el mito de que la destrucción de lo existente siempre da paso a un mundo mejor es un error generalizado, pero no deja de ser un error. Por la brecha que abrieron no llegarán ellos, sino que se colará la caverna.

Es casi seguro que será presidente el candidato que se vanagloria en apoyar dictaduras. Que dice que el más grave error de la última junta militar que gobernó Brasil fue haber torturado mucho y matado poco.

El que cree que los negros, los homosexuales y las mujeres son menos que personas. Es de notar que, a pesar de todo esto, su casi segura presidencia fue celebrada con júbilo por los mercados.

Muchos defensores del experimento brasileño no reconocerán su error e intentarán evitar por todos los medios que otros lo señalen.

Es normal, porque apostaron mucho a esta jugada. Los demás ciudadanos debemos atender a los hechos, los precedentes, las realidades que se imponen a cualquier formulación conceptual y a cualquier buena intención. La estrategia aplicada en Brasil ha empujado a ese país al abismo.

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