Lunes, 25 de marzo, 2019 | 1:58 pm

¿Quiénes somos geopolíticamente?



Los doxarios u opinantes derramaron tinta por doquier y ni hablar de los que utilizaron las ondas hertzianas o coparon las pantallas de televisión para emitir sus criterios acerca de la posición que debía adoptar la República Dominicana en torno de si firmaba o no el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular, bajo el auspicio de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Esos “hacedores de opinión” lideraron los debates, unos a favor, la mayoría, y otros en contra de la firma; hasta que el martes pasado el Gobierno anunció su decisión de abstenerse de rubricarlo, a través de un bien fundamentado documento.

Argumentó, entre otras razones, que el Pacto tiene disposiciones que resultan contrarias al interés nacional y que también lo perjudicaría debido a la ubicación geográfica particular del país.

Muchos de los que opinaron, en una y otra dirección, ni siquiera leyeron el documento contentivo del Pavto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular que será presentado para firma de los 193 miembros de la ONU en una reunión prevista para hoy en Marruecos.

Hace tiempo que se habla de la existencia de carencia de un pensamiento geoestratégico en la República Dominicana, incluyendo a las élites política y económica, que han jugado a sacar ventajas a cuestiones coyunturales.

Lo primero que hay que establecer como punto de partida es que nuestro país, conforme a los indicadores de análisis geoestratégicos, no representa un actor geopolítico de importancia a nivel planetario, y afirmar lo contrario sería un simple ejercicio de pretensión de un poder irreal; y en segundo, los dominicanos al menos debemos identificar con claridad dónde están nuestros intereses dentro de un mundo global y competitivo.

Durante la década de los años 50, más de un lustro después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, John Foster Dulles, entonces Secretario de Estado del presidente Dwight D. Eisenhower; proclamó que “Estados Unidos no tienen enemigos, sino intereses”.

Estados Unidos, el principal ganador de la referida conflagración mundial, tenía claramente identificados sus intereses imperiales, en su propósito de que, una vez surgiera el siguiente orden mundial, como en efecto se produjo posteriormente con el desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), en 1989, pudiera liderar, con poder hegemónico, el naciente paradigma.

Entonces, las preguntas obligadas serían, ¿quiénes somos geopolíticamente en la República Dominicana? ¿Identificamos nuestros intereses en materia migratoria ante la vecindad con la empobrecida República de Haití? Dudo mucho que la llamada a ser la masa crítica dominicana haya hecho el ejercicio de abordar a profundidad estas cuestiones en función del interés nacional.

Históricamente, la República Dominicana ha manejado sus relaciones con sus vecinos bajo el esquema de “laissez faire, laissez passer”; y, peor aún, en una especie de “analfabetismo histórico”.

Algunos pensadores aseguran que durante la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo ha sido el único momento en que se ha puesto atención al tema haitiano como una política de Estado, dedicando una estructura gubernamental adscrita al Ministerio de Relaciones Exteriores.

En su respuesta ante las presiones vinculadas al Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular, el Gobierno asumió una posición correcta.

Sin embargo, eso no es suficiente, porque lo más recomendable radica en que la República Dominicana, como Estado soberano e independiente, defina claramente sus intereses ante el mundo.

Lo anterior reviste relevancia debido a que entre los temas trascendentes de la coyuntura mundial figuran el fenómeno de la migración ilegal y el de la nacionalidad, los cuales dejan con poco margen de maniobra a los países pobres, casi entrampados.

Una cosa sí es indiscutible: la mayoría de los dominicanos no sabe exactamente quiénes somos, como país, en materia geopolítica, lo cual constituye un problema serio en un mundo tan globalizado; porque no podríamos determinar la causalidad de los acontecimientos políticos ni proyectar las perspectivas futuras de la República Dominicana en el marco de un orden mundial amenazado de colapsar en cualquier momento.

Publicidad