Domingo, 23 de septiembre, 2018 | 12:08 pm

Violencia, mal nuestro de cada día



La violencia es uno de los fenómenos que mayor preocupación y debate ocasiona dentro de nuestra contemporaneidad.

Es tal la proporción y la intensidad de las conductas agresivas que se vive en el país, y fuera de él, que algunos hablan de un proceso “descivilizatorio” a nivel mundial.

En la sociedad dominicana el proceso “descivilizatorio” encuentra expresión en actos horrorosos que muestran un rastrero nivel ético y espiritual en sus autores, tales como son, por ejemplo, las acciones de los llamados sicarios; los actos de los que asesinan choferes y los tiran en una fosa para apropiarse de sus vehículos; las acciones de los que usan “mulas” humanas que dejan morir para luego descuartizar y obtener las cápsulas de cocaína; los actos de los que violan niñas e hijastras y de los “asesinos” que quitan el pan a los pobres (Sirácides, 34).

En el mundo actual padecemos violencia de todo tipo. Violencia entre individuos, entre hombres y mujeres, intrafamiliar, entre grupos y etnias, al interior del barrio, entre países, contra el medioambiente, etc.
Vivimos la entronización del miedo y de la inseguridad por obra y gracia de la violencia en sus distintas manifestaciones, por eso han cambiado muchos de nuestros modales y hábitos.

Muchos jóvenes han entrado en una franca fase de desesperanza, pensando que hay que irse, “porque en el país no hay nada que buscar”.

Vivimos la “despacificación” de la vida cotidiana, así como una paranoia colectiva. Las tantas frustraciones padecidas por las mayorías nacionales las han hecho hipersensibles. Por eso frente al menor daño u ofensa se responde con la mayor virulencia.

Se ha quebrado en gran medida la estabilidad social, nacional, mundial. La incapacidad de las instituciones llamadas a controlar la violencia y la inseguridad es obvia. Por eso muchos han procurado su propia preservación en base a medidas de carácter personal.

Un hecho que ha contribuido grandemente a la referida inestabilidad y a la pérdida de control ha sido la fragmentación del monopolio de la violencia que en el pasado ejercía el Estado a través de los aparatos policiales, militares y de seguridad. Hoy el crimen organizado ha alcanzado un nivel elevado en el ejercicio de la violencia, situación esta que es explicable solo por la posesión de armas y pertrechos militares en una proporción nada desdeñable.

Frente a la situación hay que actuar y hacerlo con esfuerzos concertados, no sobredimensionando las “soluciones” policiales, sino atacando simultánea y eficazmente los factores causales del problema, para lo cual hay que integrar actores de diversa procedencia y naturaleza.

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