Domingo, 16 de diciembre, 2018 | 6:57 am

Un mensaje a los jóvenes



El filósofo Alain Badiou ha publicado un hermoso y profundo ensayo titulado “La verdadera vida”, que subtitula “Un mensaje a los jóvenes” (2017), por medio del cual trata, como Sócrates en su tiempo, de volver a corromper a los jóvenes.

El sentido de esa corrupción es singular.

No es el sentido de la corrupción como la vemos hoy, que significa degradación, por ambición del dinero, de la integridad y la honestidad como valores éticos y morales. La corrupción de la que habló Sócrates a los jóvenes de entonces significa liberar el pensamiento creativo, crítico y el espíritu libertario inherente a la juventud. Sócrates fue condenado a muerte por ese acto de insumisión.

Se trató, pues, de una corrupción disruptiva; de un acto de rechazo a lo establecido por, precisamente, descompuesto, corrompido en dinero, poder y placer. El sentido socrático de corromper equivale al que hoy representa la innovación destructiva. Porque, a decir de Nietzsche, quien crea destruye siempre.

Y es que, retomando palabras de Rimbaud, cuando observamos cierta juventud, al parecer, en ella la “verdadera vida está ausente”.

Badiou, que escribió el ensayo a sus 79 años de edad, explica que son dos los grandes enemigos que, en una perspectiva ética, confronta la juventud.

El primero es la pasión por la vida inmediata, por el placer en sí mismo, el juego idiota, un tipo de música, un capricho; y yo agregaría, los artefactos digitales efímeros usados con tendencia a la ciberadicción. Este enemigo despoja de auténtico sentido y significación duradera la vida de los jóvenes, distanciándolos de lo que es la verdadera vida.

El segundo enemigo interior de los jóvenes es la pasión por el éxito, la necesidad a toda costa de convertirse en alguien importante, rico, poderoso, famoso, bien establecido en el orden social imperante. Perseguida por sobre todas las cosas, esta carrera por el éxito individual, económico y social podría derribar los fundamentos éticos y los principios morales de la juventud.

Ahí estriba su grave peligro.

Lo vimos en las raíces de la crisis económica mundial de 2008, dado que su razón de ser fue, fundamentalmente, un quebrantamiento de los principios éticos del negocio, la industria, las finanzas, en fin, por el impulso desmedido e inmediato de más poder y más riqueza. Lo vemos en el derrumbe de artistas famosos y de falsos líderes.

El filósofo asume que corromper a la juventud implica una única cosa, que es tratar de hacer que esta no entre en los caminos trillados, que no se consagre con simpleza a la obediencia de unas costumbres heredadas, de una tradición rígida, que sea capaz de inventar, proponer nuevos senderos que conduzcan la humanidad hacia la verdadera vida.

Sin embargo, valorar a los jóvenes, en especial, desde una perspectiva adulta, no es sinónimo de enajenarse en un culto, sobre todo corporal, a la juventud como etapa.

La vigorexia (afición por un cuerpo musculoso) y la ortorexia (apetito justo o correcto) son un artilugio del consumismo delirante y el lenguaje seductor y predador en ciertos códigos publicitarios.
Los jóvenes tienen el enorme compromiso de, por un lado, acrisolar lo que de perdurable haya en la tradición y expulsar lo viciado y rancio de ella, en términos de pensamiento y simbolización jerárquicos, asimétricos, excluyentes, inhumanos; por el otro lado, tienen la responsabilidad de trabajar en la construcción de un pensamiento auténticamente humanístico y una simbolización igualitaria, solidaria, preocupada más por el bien común que por el egoísmo y la avaricia; más por la inclusión que por la exclusión.

La tarea es ardua. La verdadera vida los espera.

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