Necrología por la muerte de Porfirio Rojas Nina



Fue un abogado destinado por la historia para grandes episodios de la vida contemporánea; el decoro, la equidad y la verdad lo acompañarían hasta el último aliento de su vida.

Fue la cara del defensor del pueblo, aunque no le pareció nunca ser un cabildero, que honró y dignificó a la familia dominicana, a los sancristobalenses y a los de abajo.

Ejemplo de amigo y de hombre consagrado a las causas perdidas: el máximo representante de los derechos humanos de la nación, asunto que le dedicó toda su vida.

Abanderado de la libertad, transitó caminos difíciles en el noble ejercicio del derecho y libró grandes batallas en los estrados, en pos de que prevaleciera siempre la igualdad, no la injusticia, a tono con Juan Pablo Duarte al decir: “La justicia consiste en dar y ofrecer a cada uno lo que en derecho le pertenece.”

Hijo meritorio de San Cristóbal, donde nació y se formó. La última vez que lo vi fue en su en su residencia, en el sector La Julia, en un modesto departamento y con limitaciones económicas, a donde asistí para entregarle el manuscrito de un libro dedicado a otro grande del derecho y del patriotismo: Héctor Cabral Ortega, también de San Cristóbal.

Por su intermedio, junto con el Consejo Dominicano de Derechos Humanos ayudó en la aprobación del premio Supremo Laurel de Oro, mención Honestidad y Valentía en el grado Dr. Héctor Cabral Ortega, a quien él mismo llama “epopeya de las letras, el derecho y las ciencias en su más amplia dimensión; paladín de la libertad, la criminología, sociología, consagrado al magisterio y los valores supremos del espíritu!”

Conspicuo abogado, uno de los mejores abogados sancristobalenses, fue procurador fiscal en los gobiernos de Joaquín Balaguer, director de la Defensa Civil, y también hizo carrera de legislador y merecedor de muchos reconocimientos por su lucha en favor de los derechos humanos.

Su mayor aporte está, sin duda, en ser maestro y formador de jóvenes. En los últimos años se le vio ejercer su magisterio en las aulas de la Universidad O&M, con su peculiar estilo de maestro, impecable en el vestir y en el hablar, en valores cívicos que practicó con extraña naturalidad, mientras desde otra tribuna proclamaba la dignidad y la memoria de los momentos que le tocó vivir, los cuales reveló desde su columna en El Nacional, donde escribió durante muchas décadas.

No conozco mejor orador para asuntos patrios, de derechos humanos, que las palabras del doctor Rojas Nina. Las que le oí, fueron pronunciadas al estilo que le ha caracterizado toda su vida: fue una estrella refulgente, de ideales nacionalistas y revolucionarios, cual titán enardecido por la libertad, la paz, la nacionalidad un mejor modus vivendi de la clase oprimida dominicana y partidaria, también del inmortal lema de Juan Pablo Duarte antes de fallecer, al decir: “Patria mía, el día que te olvide será el último de mi vida.”

Su vida fue la de un verdadero patriota; como civilista retumbó por toda la nación y más allá; jamás dejó de cumplir con sus metas, principios, idearios, aun en medio de persecuciones, presiones e instintos salvajes de personeros de la época fatídica; y nadie pudo hacerte desistir ni jamás renunciar, sino todo lo contrario, vivificar, fortalecer y retumbar como campanas de gloria el acervo moral.

Adiós amigo, y maestro. Gracias por todos los consejos, y por la inspiración de emular a quien debemos recordar como el jurisconsulto a plenitud, intelectual de fuste, profesor y maestro de maestro.

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