Viernes, 19 de octubre, 2018 | 4:12 pm

A Claudio Caamaño Vélez, una vez más



Apreciado Claudio:

He leído tu nuevo escrito de este jueves 18 de enero en El Día, titulado “Como en una casa”. Me dispongo a responderte, por segunda vez, nunca para confrontarme contigo, sino porque, de alguna manera, esta publicación tuya es una prolongación de la anterior y una contestación, directa o no, a los comentarios que muchos hicieron, incluyéndome, a raíz de tus opiniones del pasado día 12 sobre nación e inmigración.

Lo primero que diré es que debemos afinar la manera de debatir. Si quienes defendemos la dignidad humana, la democracia, la independencia, los derechos y las libertades estamos de un mismo lado, no creo aconsejable emplear entre nosotros el método discursivo de “hay quienes dicen” y “hay quienes plantean”. No, es imprescindible protegernos de quienes pescan en río revuelto para arrasar lo poco que queda de humanidad. Cuando vayamos a debatir no podemos hacerlo sin indicar, con radical precisión, quién, cuándo y dónde se dijo aquello que rebatimos. Si no, sencillamente estaremos haciendo lo que siempre nos han hecho los poderosos: poner palabras en la boca de otros para tendernos emboscadas. ¿Qué fruto bueno y útil puede salir de ahí?

Esto lo digo porque vuelves a plantear, esta vez con más crudeza, que hay quienes piden “un mundo sin fronteras”, que en el país “pueda entrar quien quiera y quedarse el tiempo que desee”, que el Estado dominicano no tiene derecho a organizar la migración, o que sea “una casa sin puertas”. Claudio: ¿quién, de las personas y organizaciones que defienden los derechos de los abusados en este país, incluyendo los inmigrantes pobres, ha dicho algo así? Te pido que des nombres, fecha, lugar o publicación. Y te pido que además de debatir estas ideas -luego de confirmadas- debatas también, sobre todo, las de la generalidad de quienes luchamos por un país y un mundo sin violaciones a los Derechos Humanos, que no pensamos nada de aquello que imputas sin dar referencia. Ya te lo he dicho: Es la gente decente y libre de odio quien va a hacer funcionar el Estado y sus instituciones, incluyendo la fronteriza y la migratoria, no esa fracción de la clase politiquera, corrupta, depredadora e hipócrita que agita la banderita nacional con la misma mano que cuenta sus millones, y que disfruta viendo cómo el país cae en sus manos como fruta madura, con su discurso falso de “fervor nacional”, insultando, violentando, dividiendo y sembrando la discordia. A esos es a quienes no debemos hacerle la menor concesión.

Lo anterior vale, Claudio, también para cuando dices que algunos piensan que los inmigrantes son “víctimas”, que “huyen de la miseria” y que por eso tenemos el deber incondicional de acogerlos. No, Claudio, nadie dice eso. Pero, en última instancia, tú, yo, todos quienes decimos sostener el ideal de un mundo justo y humano, tendríamos que convenir en que todos nuestros migrantes, de todos nuestros países, son víctimas que huyen de algo contra lo cual estamos (tú incluido), moral e históricamente, obligados a luchar. ¿O acaso el millón y medio de dominicanos -sumados a sus descendientes- que anda por el mundo no es mayoritariamente víctima de una democracia fallida y un modelo social inhumano que los obligó a huir de su tierra? ¿No son víctimas las mujeres dominicanas obligadas a irse en la trata de personas y la prostitución en Panamá, Argentina o Europa? ¿No son víctimas los dominicanos que han muerto tratando de cruzar el desierto en Sudamérica? ¿No son víctimas los compatriotas que tratan de entrar a Europa a través de Turquía mezclándose con los refugiados sirios; no lo son los miles y miles nunca contados que han naufragado y sido comidos por tiburones en el Canal de la Mona? ¿Acaso no son víctimas todas las familias de barrios y campos que han tenido que dividirse y separarse por años y décadas para que esta economía fallida funcione gracias a los 5.700 millones de dólares que mandan anualmente en remesas? ¿No son víctimas esos jóvenes dominicanos que en EE.UU. solo han padecido marginalidad, maltrato y han terminado en la delincuencia, y todos los migrantes dominicanos indocumentados, esos a los cuales Trump y su gente acusan de lo mismo que aquí se acusa a los haitianos?

Quiero decir con esto, Claudio, que nadie serio propone una caridad idiota con los inmigrantes, y que si existe la solidaridad -que es muy distinto- es por un mínimo sentido de lo que son los dominicanos de carne y hueso, los que se parten el lomo trabajando. Ni hablar de sus hijos y nietos, a quienes jamás quisiéramos ver atropellados con el arrebato de su nacionalidad y sus derechos, tal como aquí se ha hecho con los hijos y nietos de inmigrantes pobres de Haití dizque en nombre de la “soberanía nacional” y la “defensa de la patria”. ¿Acaso esos hijos y nietos de cañeros y obreros de la construcción que han parido inmensas riquezas para este país no son tan dignos y humanos como cualquier hijo de dominicano taxista, maestro o vendedor de frituras en Nueva York?

Una segunda cosa, apreciado Claudio, es tener cuidado con la lógica argumentativa, que nunca es ni será un elástico que se estira y estira sin romperse. La lógica es, esencialmente, un asunto de reglas que deben observarse. Cuando dices que quienes se duelen por la suerte de los inmigrantes o por las personas que viven debajo de los puentes, deberían entonces llevarlos a vivir a sus casas, cometes varios errores. El primero es ver a esas personas no como sujetos de derechos sino como cosas que se llevan y se traen, y no, Claudio: quienes creemos en los valores que tú y yo sostenemos, no podemos jamás hablar así de seres humanos. Lo segundo es que lo que planteas equivaldría a que soñemos no con una República ni con un país de verdad, sino con una especie de caos de la caridad…cada quién resolviendo su problema según pueda, de acuerdo a una limosna. Lo que sugieres es como decir que quienes luchamos por una educación digna y de calidad para el pueblo, deberíamos primero poner una escuelita en nuestra casa; que quienes exigimos salud digna para todos, deberíamos instalar en nuestra casa una clínica; si reclamamos salarios decentes, deberíamos salir a repartir billetes y salamis en la calle como Amable Aristy; o si reclamamos agua potable, lo primero es que cada quién ponga un pozo y una “bomba ladrona” en el barrio que tiene más cerca. ¿Esto tiene algún sentido? Claro que creo en el valor del ejemplo y la conducta personal (si fuésemos justos, Claudio, sabes bien que este país no se hunde gracias a todas las personas que practican la solidaridad social a diario, y para nada gracias a esos vividores que se llenan la boca hablando de la “nación”). Pero aquí, Claudio, se trata de exigir y construir un Estado y un país que funcionen, entre otras cosas, garantizando orden, institucionalidad y derechos. Déjale esos argumentillos a los rabiosos y enfermos de odio, nosotros estamos para otra cosa.

Y en tercer lugar, amigo, tenemos que precisar mejor las cuestiones teóricas. Usar metáforas está bien, siempre que la imagen y la realidad coincidan en lo esencial. ¿En qué teoría se sostiene esa idea de que un país es igual a una casa, una propiedad privada, y que el Estado, supuestamente, es como el papá que organiza la casa para que los hijos vivan muy bien en ella, y para eso pone sus propias reglas? ¿Eso es en Marte? Porque te aseguro que aquí no es.

Claudio, tú te asumes como un joven de izquierdas, entonces hay que hilar fino, amigo. Primero, el mundo no se divide en casas o fincas, sino en países, que son algo muy distinto, y las migraciones son algo totalmente diferente a que alguien entre en casa de otro, incluso si lo hace sin permiso. Tú que eres abogado sabes que existe el Derecho Civil y muy distintos son el Derecho Administrativo y el Derecho Internacional, precisamente para normar cosas que no son iguales ni parecidas. Segundo, dejemos en claro que desde 1948 hay algo que se llama Declaración Universal de Derechos Humanos, y en las democracias hay Constituciones, y desde hace miles de años existe la ética; es decir las reglas no son las cada quién quiera; eso sería el infierno de Dante. Y tercero, desmitifiquemos esa versión idílica del Estado tierno y protector: Empieza por Hobbes y sigue hasta Weber, para que veas que el Estado es el poder concentrado de la sociedad, el monopolio de la violencia sobre un territorio, y entonces llega a Marx y a Engels para que veas que ese poder concentrado no es cualquiera, sino el de la clase que domina la sociedad, en este caso nuestra clase dominante devoradora, corrupta y parasitaria. Si no se quiere leer a Marx, pues sencillo: buscar “La Noción de período en la Historia” del poeta nacional y profesor Pedro Mir, para comprender esta cuestión fundamental. Lo que te quiero decir, Claudio, es que los progresistas no miramos la patria como propiedad privada, y mucho menos al Estado de una forma inocente y neutral. Asimismo, cuando alguien migra no va a la “casa” privada de otro a coger su espacio ni sus cosas: esa es una mirada clasista y racista de la migración; en casi todo el mundo, salvo Noruega y países así, el que migra va a fajarse trabajando para conseguir un sueldito, tal vez una pensión y mandarle algo a su familia… nadie te regala nada, ni siquiera cuando estás sin documentos y trabajas en la informalidad.

La patria ha de ser el lugar de la vida, al que se ama y se cuida, hecho por las manos que trabajan, y el Estado cuidará de verdad a las personas cuando no esté secuestrado, cuando sea genuinamente democrático y se someta al Derecho, no como sucede hoy en día. Ahí de verdad habrá orden migratorio, no en las manos de fanáticos ni de pillos. Recuerda algo, Claudio: las últimas veces que este país fue visto como una finca privada, con unos dueños que ponen las reglas que quieren, lo que vino fue el Trujillato, el Triunvirato y el Balaguerato… Eso es lo que quieren los farsantes que proponen el muro fronterizo. Recuerda que contra eso se luchó en Abril, contra eso fue Caracoles, y que en 1965, al lado de Francis y de los demás héroes y heroínas, había haitianos, que nadie sabe bien cómo entraron aquí, pero que dieron su vida defendiendo la República Dominicana, aunque no fuera “su casa”.

Sí, Claudio, tienes el derecho y el deber, defiende tu patria, defiende la tierra donde vives y la que amas. Pero para eso hay que despejar fantasmas y no luchar contra molinos de viento. Te insisto: ayuda a salvar la patria y la soberanía del pueblo dominicano, pero no de los inmigrantes ni de quienes defienden los derechos humanos; ellos no son la amenaza, no veamos lo que no hay, puesto ahí solo para distraernos y dividirnos. Ama los derechos y la dignidad de cada quién, que son los derechos propios, los que defendieron nuestros héroes. Ama a cada pueblo sin sospechar de ninguno; enfrenta a los poderosos y abusadores. Esos son los principios de todo revolucionario. El desorden, la falta de leyes, la vida insegura, el sufrimiento, la miseria, la sumisión y la destrucción son responsabilidad de quienes se impusieron con Trujillo, con los yanquis, con Balaguer y con sus continuadores, de nadie más. Eres un Caamaño, eres progresista y patriota: Sal a recuperar la educación, la salud, la electricidad, el agua, las pensiones, el trabajo productivo, los salarios, las minas, las telefónicas, la tierra, la agricultura, la independencia, el presupuesto nacional, las leyes y las instituciones. Enfrenta a los verdugos que se los han robado, no a los condenados. Combate a los de arriba, nunca a los de abajo.

Matías Bosch Carcuro
19 enero 2018

Matías Bosch

Publicidad