¿Puede que renazca la esperanza?

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Roberto Marcallé Abreu

Me conmovió profundamente el rostro de aquel pobre hombre cuando entregó su tarjeta a la cajera. La apagada desesperanza de sus ojos y la actitud de suficiencia de la funcionaria mientras revisaba el ordenador y observaba de soslayo aquel desamparado de la fortuna. Entonces la mujer se decide y dice: “aún no le han depositado”.

Desencantado y triste, el señor se marcha. Minutos después, la cámara nos ofrece laimagen de la empleada retirando el dinero y guardándolo en su cartera. Fría e indiferente. La actitud desenfadada de quien está habituado a sustraer lo ajeno sin ninguna perturbación de conciencia.

El video, observado por un número incalculable de personas, es como para gritar, desahogarse, sentirse abatido, apesadumbrado.

¿En qué nos hemos convertido? Porque este episodio, miles de veces repetido en la realidad, es apenas un grano de arena en un desierto. La corrupción, como una sombra que oscurece la claridad del día, nos arropa de manera inmisericorde. Sus oficiantes no se detienen ante nada.

En pocos años se han alzado con cientos de miles de millones del erario ante la mirada oblicua de sus mentores.

¿Acaso recuerda usted los fajos de miles de pesos en asientos y baúles deautomóviles y camionetas destinados a la compra masiva de votos durante las elecciones primarias del oficialismo? Revise los videos.

La arrogancia de aquellos personeros, la actitud desenfadada y habilidosa, el lenguaje propio del lumpen barriobajero, la gorra encubridora para evadir el control de las cámaras.
No hay sanciones, claro.

El escándalo del dinero mal habido se bifurca y trasciende todas las fronteras: salarios millonarios, escandalosas pensiones de por vida, sobrevaluaciones groseras en las compras del Estado, manejos oscuros en las transacciones oficiales, venta de terrenos estatales. De ahí esa gente que ayer resultaban infelices de solemnidad y que ahora exhiben una forma de vida ofensiva para la gente de buenas costumbres.

Uno observa las acciones supuestamente a favor de los desamparados y es como para ponerse a llorar. Tantas madres con hijos hambrientos. Señoras y señores ya ancianos cuyos rostros reflejan necesidad, enfermedad, dolor. Hombres y mujeres víctimas del más cruel desamparo. Perdidos en una vida carente de significado.

Privilegios escandalosos, uso personal de recursos que deberían devolver la dignidad a tanta gente degradada por la desatención, y la miseria. ¿No es hora de hacer un esfuerzo verdadero para enfrentar males que como la gota de agua sobre la piedra han destruido casi todas nuestras posibilidades de superar esta horrible existencia de crisis interminable?
El malestar crece de forma incontenible.

A cierta gente eso no parece mportarle. Nos recuerda lo campante de Johnny Walker. Esta crueldad abarcadora alcanza incluso a los suyos. La madre del miembro histórico del partido oficial Víctor Grimaldi murió de un paro cardíaco y no pudo recibir atenciones médicas previas porque su seguro médico le fue cancelado por la cancillería.

El periódico “Hoy” llama la atención sobre la necesidad de “un manejo eficiente” de los dineros oficiales a fin de reducir los efectos negativos de la pandemia y demanda “manejos presupuestales creativos y viables para erradicar dispendios y corrupción”.

La tragedia y el desasosiego se extienden. Delincuencia, drogas, alcohol adulterado. Las pandillas toman las calles. En Azua, el vigilante Winston Perez, de 42 años, mató sin mediar palabra a la pareja de esposos María y Chito Matos e hirió un hijo.

La apertura parcial de las actividades ciudadanas incrementa el contagio. Hay elecciones generales en breve. El año escolar queda trunco. Los precios suben.

El peso se devalúa aceleradamente. Solo si el ciudadano asume con seriedad su destino la esperanza renacerá. La oscuridad es tan extensa que hay quienes dudan que la luz retorne alguna vez…

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