Lunes, 10 de diciembre, 2018 | 4:23 am

Riqueza indecente



Crear riqueza en el tiempo, paso a paso, peldaño a peldaño, debe ser fascinante, especialmente si en el proceso se imponen la creatividad, la inventiva y esa energía épica de los ganadores inconformes que van siempre por más aunque hayan tocado la cúspide.

Quienes trabajaron su fortuna con tesón, valentía y denuedo, venciendo obstáculos, yugulando la pobreza y las limitaciones, son dueños de una vida que es en sí una narrativa colindante con el realismo maravilloso.

Los ricos con esas características suelen mostrar una sólida vocación desarrollista, se enfocan en impactar a favor de su entorno, en hacer que mucha gente salga de la pobreza a través del empleo y de aportes no vinculados con dádivas perversas, sino con la creación de capital social.

Estos son –desde mi óptica- adinerados orgánicos que le imprimen un valor extra a su fortuna, la legitiman y la convierten en aceptable al ganarse la buena voluntad de la gente, en una suerte de licencia social o de reconocimiento colectivo.

Este homenaje no se adapta a la riqueza indecente que se forma con rapidez, proviene del peculado, la estafa, el saqueo al Erario, el blanqueo y, de paso, resulta destructiva porque prefiere respaldar las malas prácticas y despertar la adoración o la idolatría al dinero por el dinero.

Es como una especie de anatema que provee confort material, pero a su vez marca a sus tenedores y a sus generaciones como pillos malvados, que no pueden alzar la voz ni sacar cabeza so pena de ser aplastados por el juicio implacable de la sociedad.

Es una riqueza incómoda de llevar, dolorosa, fétida, sin elegancia ni historia para contar. Es una abundancia fundada en la oquedad, en el vacío de espíritu, en la ausencia de alma, rodeada de fantasmas que acorralan a los dueños de estos caudales, tan pobres y tan miserables que no tienen más que dinero, como diría el poeta Joaquín Sabina.

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