Lunes, 15 de octubre, 2018 | 3:41 am

No perder la esperanza



Días atrás me reuní con antiguos y recientes amigos interesados en conversar sobre mi último libro “Las puertas cerradas”, premio cuento de la Alianza Cibaeña 2017.

Dialogar con personas de nuestros afectos, ir de viaje, recorrer carreteras, ver el mar y disfrutar de un bosque, son actividades fundamentales para conservar el equilibrio en tiempos en que la vida es tan difícil y enmarañada.

Perturban el espíritu las malas nuevas que debemos enfrentar a cada momento. Pocas veces como ahora habíamos tropezado con una presencia tan abrumadora de la maldad. Por eso, un diálogo con personas con las que se comparte aprecio y respeto resulta siempre edificante.

El doctor Heriberto Hernández, amigo desde aquellos lejanos días de la universidad del Estado, lector voraz y excepcionalmente inteligente, me hizo algunos señalamientos.

Dijo: En “Las puertas cerradas” aprecio una mirada objetiva e ilustrada de nuestra existencia. Sin soslayar realidades escalofriantes propias de estos tiempos, hay historias en las que se impone la esperanza ante la adversidad. Es el caso de la titulada “El apartamento Nargil”.

Nos leyó, entonces, las descripciones sobre el otoño en New York y el antiguo barrio de Gascue que, manifestó, le resultaron enaltecedoras, como si en ocasiones la naturaleza reflejara en toda su vivacidad los ánimos encontrados que se agitan en nuestra alma.

“Marion fumaba un cigarrillo. Se hallaba frente a una mesa próxima a los cristales que separaban el lugar del mundo exterior, del gris creciente de la zona, sus casas arcaicas y degradadas, sus árboles desfallecientes cuyo follaje polvoriento creaba una especie de penumbra misteriosa en las calles desiertas”, dijo.

El doctor Rafael Evangelista Alejo, un amigo de siempre, corroboró las palabras del doctor Hernández: “Es cierto. Hay en ese libro una inequívoca presencia del mal que abruma y desconcierta.

No obstante, yo también descubrí ese asomo de esperanza como en esa historia en la que se conjugan una sensación de apaciguada derrota y una luz crepuscular cuya belleza puede ser el adelanto de una buena nueva”.

Mientras los escuchaba, pensé, entonces, en algunos comentarios que me envían con frecuencia quienes leen esta columna. Por ejemplo, el de una querida amiga boricua, quien me argumentó que los dominicanos, al igual que muchos portorriqueños, vivimos momentos muy difíciles.

“Pero hay que recuperar la autoestima y los ánimos, no dejarnos abatir por esa extendida sensación de derrota”.
Una señora, compañera de trabajo en 1979, me escribió: “A veces eres crudo y amargo y sé lo que persigues: que abramos los ojos, que rechacemos la oscuridad y el nefasto acostumbramiento.

Te doy tus razones, aunque te advierto que la situación no es solo en nuestros países, es en todo el mundo. Hay que hacer el esfuerzo no solo para entenderlo y para superarlo”.

Cierto, hay que hacer el intento por recuperar la autoestima, porque este es el único país que tenemos y debemos hacer cuanto esté a nuestro alcance para salvarlo.

No se trata de esconder la cabeza en la tierra como el avestruz porque los peligros y la maldad están ahí, muy presentes. Lo que sencillamente no se debe ni se puede es perder la esperanza.

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