Miércoles, 15 de agosto, 2018 | 7:12 am

La peor violencia



En enero de este año, la sociedad dominicana fue estremecida por la noticia de que un hombre asesinó a sangre fría a su pareja y a tres de los hijos de esta.

Aun no se habían borrado de nuestras mentes las imágenes de aquel horrendo crimen cuando nos enteramos de que otro individuo violó y asesinó a un hijastro de apenas año y medio. Un oficial de la Fuerza Aérea mató a una joven e hirió a su pareja porque le rozaron el vehículo en el malecón.

Una joven pagó a unos sicarios para que mataran a su pareja en Bonao. Un hijo asesinó a su padre a puñaladas en Los Ríos.

Un agente policial y su padre ultimaron a tiros y machetazos a tres vecinos con quienes tenían una disputa por un parqueo.

Una vecina mató a su vecina de una puñalada porque supuestamente le colocaba basura frente a su casa.
Desconocidos asaltaron y atacaron a tiros al vocero de la Armada dominicana y en el forcejeo por despojarlo de su arma lo hirieron y a su hijo de cinco años.

Estos son los casos que publican los medios de comunicación, pero la violencia parece haber desbordado los límites en la sociedad dominicana.

Incluso los delincuentes se han tornado tan agresivos que a la menor resistencia de sus víctimas no titubean para dispararle a quemarropa y con la intención de matar.

Mi hermano José, quien tiende a coger las cosas más serias con humor, decía el fin de semana pasado que antes los ladrones “eran tan jevy” que pitaban para comunicarse uno con otro.

“Era un pitico largo, así: fuiiiiu”. Hoy parece un cuento infantil, pero ese pito de los ladrones llenaba de terror a quienes lo escuchaban, especialmente en aquellos hogares donde el marido no estaba.

De todos modos eran robos de sábanas, una batea vieja, ropas dejadas en el patio, una mesa, una bicicleta, y rara vez había violencia. Ahora los ladrones andan armados de pistolas y disparan a sus víctimas aun cuando no haya motivos.

Ni hablar de la agresividad con que se maneja en el país. Cualquiera, especialmente los choferes de guaguas voladoras, taxistas y motoristas, te choca y encima te va encima con intención de agredirte verbal y físicamente… por tonterías que se pueden resolver hablando o con dos mil pesos.

Pero hay una violencia peor que esa que hemos descrito, que ya es bastante.

Se trata de una violencia estructural, aquella que ejerce el Estado a través de la negación de derechos a los ciudadanos.

La violencia de Estado se manifiesta de mil maneras. Algunas son tan viejas y frecuentes que hasta cierto sociólogo devenido en burócrata entiende que el hecho de que los pobres vivan en “casitas feas y destartaladas” es algo “propio de su condición”.

Que una persona sea pobre no significa que esté condenado a vivir en condiciones infrahumanas. Tener una vivienda es un derecho constitucional, no un privilegio.

Cada vez que una infeliz va con su hijito enfermo a un hospital y no lo atienden, porque no hay con qué, o porque (en los casos de una clínica) el seguro no lo cubre, eso es violencia.

Cuando te cobran religiosamente los impuestos, pero te dan apagones, no arreglan las calles, no te garantizan servicios básicos como agua potable, transporte colectivo de calidad; cuando la policía reprime a los trabajadores o a los comunitarios que reclaman mejores condiciones de vida, esa es la peor forma de violencia, porque la ejerce precisamente quien está para garantizarte derechos, para asegurarte calidad de vida.

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