Lunes, 13 de agosto, 2018 | 3:14 pm

Desconfiar de lo perfecto

Admitir que tenemos luces y sombras, permitirnos ser entes humanos falibles; saber expresar nuestras emociones, cómo sentimos realmente ante cualquier situación, es sanador.



Hay personas a las que nunca ofendes porque “no te preocupes, todo está bien”,  te dicen.  Hay personas que todo lo saben, no importa qué. Hay personas que nunca, por más enojadas que estén, te dicen la verdad de cómo realmente se sienten y te devuelven una sonrisa tranquila (aunque sus jugos gástricos les carcoman el estómago).

No pelean con nadie, se llevan bien con todo el mundo, siempre están dispuestas o dispuestos a hacer lo que se les pida (aunque no quieran, no le guste o no estén de acuerdo con ello).

Para estos seres humamos, la aceptación de las personas de su  entorno es lo esencial.

Hombres, mujeres que su forma de ser es la más correcta y su familia es una copia fiel del paraíso aquí en la tierra, aunque en realidad tienen miedo y falta de humildad para reconocer ante sí mismos y los demás la realidad: no importa lo infeliz que sea en su matrimonio, no importa que sus hijos e hijas no sean lo que espera, “en este hogar todo está bien”.

Personas que nunca dejan ver las  emociones que en verdad sienten en determinado momento.

En 1996 leí “Donde el corazón te lleve”,  una refrescante  novela de la escritora italiana Susanna Tamaro. Choqué de frente con una frase que hasta hoy día me acompaña: “desconfíe de quien es perfecto, de quien tiene las soluciones listas ya en el bolsillo, desconfíe de todo, salvo de lo que le dice su corazón”.

Desde entonces hago ese ejercicio, desconfiar de todo lo que se me vende como perfecto.

Existen diversas razones para aparentar “un ser perfecto”, como baja autoestima y miedo al rechazo.  Esas personas van buscando caerle bien a todo el mundo y no saben decir no; personas soberbias que no soportarían admitir el fracaso de su familia o de un proyecto y por eso su entorno siempre está bien.

En muchos casos –y esto es un hecho- sus cuerpos gritan a través de enfermedades, lo que sus bocas callan.

Admitir que tenemos luces y sombras, permitirnos ser entes humanos falibles; saber expresar nuestras emociones, cómo sentimos realmente ante cualquier situación, es sanador.

Decir no puedo, no quiero, me molesta, no estoy de acuerdo contigo, no tengo la respuesta, en mi familia tengo problemas, es un ejercicio de valentía que se debe practicar. Las personas que lo único que tienen es ser perfectos,  son nada. La perfección no existe.

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