Viernes, 19 de octubre, 2018 | 12:25 am

Aprender a amar



Tradicionalmente nos han pintado el amor como un ideal a alcanzar. El renacimiento y la modernidad asociaron el amor con la belleza y el romanticismo.

Alcanzar la felicidad a través del amor se convirtió en la meta de los hombres y sobre todo de las mujeres.

El amor de los cuentos de hadas, el encontrar el príncipe azul y vivir felices para siempre sigue siendo la aspiración y también la causa de muchos desengaños.

Ese amor idealizado e inalcanzable desconecta de la realidad, genera frustración, rupturas y divorcios.
Comprender el amor como una elección del día a día es el gran reto de todas las formas de amar.
Amar es ser fiel, aún en medio de las dificultades y los desencuentros.

Amar es estar ahí para el otro cuando todos ya se han ido.

Amar es compartir el sufrimiento y la desgracia sin sucumbir ante ella.

Amar es decidir compartir la vida con alguien con todas sus implicaciones, a sabiendas de que se tuvo oportunidad de elegir a otro.

Amar es cuidar, proteger y construir un entorno sano para los que amamos.

Amar es ofrecer lo mejor de nosotros a la pareja, amigo o prójimo.
Amar es sentir lo que siente el otro, ver con los ojos del otro y oír con los oídos del otro.
Amar es ser bendición para los que amamos, no maldición.
Amar es perdonar setenta veces siete, es decir, siempre.

El amor es lo que nos hace SER, como nos lo recuerda San Pablo en Corintios 13:1:Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada”. Sin amor, nada somos.

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