Ya se fue la mitad del período

Víctor Féliz Solano
Víctor Féliz Solano

Cada 24 de abril se nos presenta una oportunidad que no deberíamos desperdiciar. No basta con recordar el valor de los ayuntamientos ni con repetir su importancia en el discurso público. Esta fecha también debe servir para hacer conciencia de lo que se ha hecho, de lo que no se ha podido hacer y, sobre todo, de lo que todavía se puede corregir.

Los alcaldes y directores de distritos municipales que asumieron en el 2024 ya han recorrido la mitad de su período. Eso, en política y en gestión pública, no es poca cosa. Es tiempo suficiente para mostrar una dirección, dejar ver un estilo de gobierno y ofrecer resultados que la gente pueda sentir en su vida diaria. La limpieza, el orden, la movilidad, el uso adecuado del espacio público, la convivencia, la respuesta a los problemas comunitarios y la capacidad de escuchar a la gente forman parte del examen real de una gestión local.

A esta altura, cada autoridad local debería hacer un alto serio y responsable. No para montar un espectáculo de autoelogios ni para justificarlo todo con discursos gastados, sino para mirarse hacia adentro con honestidad. Revisar qué metas se han cumplido, cuáles están estancadas y cuáles simplemente fueron mal planteadas. Reenfocar no es una señal de debilidad. Al contrario, corregir a tiempo también es gobernar.

En esa revisión de mitad de período también debe entrar, sin rodeos, el tema de las infraestructuras indispensables. No hablo de obras pensadas para la foto ni de intervenciones cosméticas de ocasión. Hablo de aceras y contenes en condiciones dignas, drenaje pluvial funcional, calles transitables, alumbrado público, cementerios, mercados, mataderos, espacios públicos recuperados y soluciones básicas para el manejo de residuos. La gestión local también se mide en esas obras que parecen simples, pero que determinan la vida cotidiana de la gente. Un ayuntamiento que no prioriza la infraestructura esencial termina administrando carencias, acumulando quejas y dejando que los problemas pequeños se conviertan en crisis mayores.

Pero hay algo que no debe ponerse jamás en juego en ese proceso de revisión, y es la participación. Un gobierno local que se encierra, que deja de escuchar, que le teme a la crítica o que sustituye el contacto con la comunidad por propaganda, comienza a perder el sentido mismo de su existencia. Los ayuntamientos no fueron creados para administrar desde una oficina cerrada, sino para vivir conectados con el pulso del territorio, con sus barrios, con sus juntas de vecinos, con sus organizaciones vivas y con sus ciudadanos de a pie.

La segunda mitad del período debe ser, por tanto, una etapa de mayor madurez. Menos improvisación y más planificación. Menos política de apariencia y más soluciones concretas. Menos personalismo y más institucionalidad. Más apertura, más rendición de cuentas y más capacidad de rectificar.

El 24 de abril no debe ser sólo una fecha para celebrar la municipalidad. Debe ser también una fecha para pensarla con seriedad. Porque gobernar lo local no es ocupar un cargo, es asumir una responsabilidad diaria con la calidad de vida de la gente.

Todavía hay tiempo para hacer mejor las cosas, pero ese tiempo exige humildad, visión, método y voluntad. Y exige entender, de una vez por todas, que sin participación verdadera no hay gestión local que pueda sostenerse con dignidad ni con resultados duraderos.