Un planeta en llamas y una ONU ausente
Por: Yeudy Maldonado Báez, politólogo y especialista en geopolítica.
El tablero internacional en los últimos años ha estado marcado por distintas crisis simultáneas que puede leerse no como un fenómeno aislado, sino como el síntoma de una transición sistémica profunda que atraviesa el sistema internacional en su conjunto. La realidad actual es que el orden internacional unipolar que emergió tras el fin de la Guerra fría se encuentra en franco declive, lo que ha dado paso a un escenario fragmentado y competitivo en el que el poder se encuentra disperso entre una multiplicidad de actores estatales y no estatales. Este proceso de cambio ha debilitado el consenso liberal que durante décadas sostuvo la arquitectura global construida alrededor de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), lo que ha deteriorado sus bases normativas y políticas. De aquí que las grandes potencias ya no asuman la gobernanza global como un bien estratégico compartido, sino como un espacio de conflicto permanente donde se maximizan sus influencias, en menoscabo de la cooperación colectiva. Esto fue subrayado con claridad en la Conferencia de Seguridad Munich, 2025, donde se alertó que “la competencia entre polos de poder está impidiendo respuestas conjuntas a crisis globales”.
La ONU, el mayor referente institucional internacional, se encuentra en un proceso de paralización marcado por la rivalidad estructural entre Estados Unidos, China y Rusia. Esta competencia se pone de manifiesto en las sesiones de su órgano más poderoso, el Consejo de Seguridad, por el sistemático uso de veto por parte de los Estados miembros permanente que lo conforman, convirtiéndolo en un reflejo de la lucha geopolítica actual, más que un mecanismo eficaz para la resolución de conflictos. Como lo resalta la Lee Kuan Yew School of Public Policy “El uso creciente del veto por parte de las grandes potencias ha paralizado al Consejo de Seguridad, debilitando su capacidad para responder a las crisis globales”, limitando las acciones que pudiera tomar la organización en crisis como las de Ucrania, Gaza, Libia, Yemen, Sudán o Irán. Ante la inoperancia y atasco existente, las principales potencias han tomado la decisión de robustecer canales bilaterales, bloqueos regionales o mecanismos como el G7, BRICS, OTAN y más recientemente AUKUS, desplazando la toma de decisiones hacia otros escenarios, debilitando el multilateralismo formal representado por las Naciones Unidas.
La ONU actualmente es utilizada por las grandes potencia según sus intereses y acomodo. En el caso de Estados Unidos, pese a haber sido el Estado que impulsó este modelo internacional, supedita su acercamiento y relación con dicha organización, en función de los ciclos electorales internos que definen la política exterior de la administración de turno, oscilando entre posturas de cooperación y repliegue según convenga. China proyecta un discurso favorable al multilateralismo, sin embargo, lo utiliza para ampliar influencias, sin ceder soberanía o aceptar mecanismos vinculantes que limiten su accionar estratégico. En tanto Rusia se ha inclinado en convertirse en un eje de contención y presión, empleando su poder de veto y su influencias en su antigua esfera soviética para preservar su espacio geopolítico frente a occidente. En ese sentido el Brookings Institution, advierte que “China y Rusia buscan reformar el orden desde dentro sin someterse a él”, confirmando que el sistema internacional ha dejado de ser un marco cooperativo y se ha transformado en un instrumento de choque geopolítico.
En el caso del denominado Sur Global, cada vez más se va estructurando un sentido de frustración y recelo ante una organización como las Naciones Unidas, incapaz de representar sus intereses o equilibrar las asimetrías existentes en el orden mundial. La ONU, pensada como un espacio de mediación y equilibrio, hoy ante muchos Estados aparece como un foro distante, condicionado por lógicas de poder que los excluyen. Esto lo señala el autor y analista en relaciones internacionales Omeed Akbari, cuando establece que "La ONU ya no canaliza las demandas del Sur Global en un entorno multipolar; en su lugar, estas naciones están construyendo arquitecturas paralelas que desafían la hegemonía institucional de la posguerra.", lo que acelera la ya existente fragmentación en el sistema internacional.
El proceso de reforma de la ONU que se plantea se ha convertido en un campo de batalla geopolítico, ya que cualquier modificación existente implicaría redefinir la correlación del poder global. Las grandes potencias buscan preservar sus influencias y privilegios construidos durante décadas. Mientras que aquellas emergentes demandan de una mayor representación y legitimidad. Esto ha provocado bloqueos en las reformas impulsadas al Consejo de Seguridad, la implementación de nuevas capacidades coercitivas, refuerzos financieros y ejecutivos para la organización. Sin estas nuevas herramientas, la ONU seguirá siendo un actor importante de forma, pero no de fondo y estratégicamente débil, ante un mundo inverso en crisis internacionales cada vez más profundas, complejas y peligrosas, pero con una institución sin fuerza alguna para poder resolverlas.
Si las Naciones Unidas no logra llevar a cabo un proceso de transformación efectiva, el mundo se irá dirigiendo, poco a poco, hacia un escenario en el que los Estados no logren establecer consensos mínimos entorno a temas globales, ni sean capaces de contener conflictos o crisis, configurando un sistema internacional basado en la fuerza por encima de las normas, donde las potencias imponen su voluntad ante una inminente anarquía internacional. Si la ONU no logra reorientarse en el corto y mediano plazo, inexorablemente se dirige a convertirse en un espectador o un gigantesco elefante blanco, dentro de un orden internacional inclinado a la violencia, fragmentado e impredecible. Dejar de lado una diplomacia excesivamente formal y entender las realidades latentes de un mundo que evoluciona rápidamente es el paso a seguir antes de que el caos deje de ser una excepción y se convierta en la norma, con consecuencias inmediatas para el planeta como más guerras, crisis globales y el riesgo real de un choque directo entre potencias nucleares en disputa.
