No cierres la puerta

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Espero que estas líneas sirvan como una clarinada de alerta.

La pasada semana leí en la prensa que dos jóvenes, en hechos separados, se habían quitado la vida. Ambas, previamente, lo habían hecho público vía Facebook.

Lo único que se me ocurre pensar es que en un momento determinado se sintieron tan solas que prefirieron un mecanismo tecnológico sin corazón, sin alma, para comunicar que se iban a quitar la vida en vez de acudir a un ser querido y exponerle su desesperación.

En las redes sociales hay de todo, bueno y malo, nadie más que quien les escribe reconoce el derecho a la privacidad y lo practica. Pero eso no exonera el derecho que como progenitor se debe ejercer sobre orientar a nuestros hijos sobre esa burbuja y el verdadero mundo que es el de carne y hueso.

La adolescencia es una etapa muy difícil; en esta época lo es más, pues ahora, las redes sociales en ocasiones, abonan los terrenos de conflicto. No era lo mismo que a una jovencita le dijeran, 20 años atrás, que su novio bailó con una joven, que no se pierde una fiesta; a que ahora suban las fotos vía Facebook y que ella vea quizás hasta una sonrisa, probablemente inocente, en la cara de ambos. El nivel de la reacción será evidentemente diferente.

Lo curioso es que el hecho es el mismo, no hay diferencia entre lo que pudo ser hace 20 años y lo de ahora, pero este tiempo es más delicado y por lo que sucede últimamente, más peligroso.

El aproche de un padre con su hijo en esta época tiene que ser muy diferente al que originalmente se usó con nosotros, pues en aquellos tiempos, por sólo poner un ejemplo, no había forma de socializar una determinada situación salvo fuere vía “radio bemba”. Las alegrías y miserias estaban limitadas por las cuatro esquinas del barrio, ahora en un clic llegan a cualquier parte del mundo.

La presión social es sin duda asfixiante. Es tarea de nosotros como padres, reforzar la personalidad de nuestros hijos, enseñarlos a creer en sí mismos, en sus capacidades, en su valía como creaciones del Señor pero, sobre todo, en saber que si algo no resulta como debe ser, no es para tomar una decisión radical; recordarles que todo, absolutamente todo, en la vida, tiene solución mientras estés vivo. Muerto no hay solución.

Inculquemos en sus mentes una expresión que nos puede salvar de un suceso amargo, “sea por lo que sea que estés pasando, deja un espacio para que haya una salida…no cierres la puerta”.

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El Día

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