Martes, 13 de noviembre, 2018 | 4:55 pm

Simuladores inveterados



Otra ineficacia terrible en nuestra discusión pública de asuntos políticos, económicos, cívicos o sociales es que pocas veces muchos de los más influyentes, o al menos más vocingleros, defienden alguna idea, interés o posición según principios, valores o criterios éticos ni morales.

Todo es asigún. Por ejemplo, la discusión sobre si Danilo Medina intentaría ser reelegido pese al inequívoco impedimento constitucional que hoy lo impide.

Casi todos los discutidores del tema parten de cuál argumento o argucia conviene a su interés y en ese esqueleto ponen la masa de algún razonamiento jurídico y al final cada cual construye su propio Frankenstein.

En sociedades más desarrolladas, donde sus orientadores –políticos, líderes empresariales o sindicales, funcionarios, prelados o gurús— alcanzan su liderazgo según reglas democráticas o porque el mercado premia su desempeño, el público no tolera a los disparatosos.

Nuestra mansa anarquía, como decía P. R. Thompson, nos obliga a aprender a discernir entre tanta bruma, espejitos, saltimbanquis y prestidigitadores, y quizás por eso las cosas nunca son como parecen. ¡Reina la simulación!