Yo viví en Nueva York
Por el Dr. Elvis Méndez Compiano
Entre la niebla de las tardes plomizas de la ciudad de Nueva york, un inmigrante estaba condenado a cien años de soledad, condena que purgaba día a día con todos los impuestos a pagar: su cruda realidad.
Una ciudad encantadora, que te deleita con sus rascacielos mientras te invita a vivir un falso sueño, ciudad donde nadie te dice que la Estatua de la Libertad no tiene palabras, que es sigilosa y justiciera, que su color verde olivo no es de ella. que pertenece a los árboles del parque central.
Que es la viuda de un extranjero ilegal y que, cuando te enamoras de ella, te apaga su antorcha. Nadie te dice que la libertad es solo conocer el helado de nieve, sin dulce ni gloria, y que las ramas secas y esqueléticas de los árboles son las brujas de Halloween.
Una soledad inmensa te acompaña, un hombre pequeño hecho de nieve —el único desamparado que nunca te pide nada— se cubre del frío con una bufanda.
El crudo invierno era el saldo en la máxima expresión de su naturaleza: y sí, era frío, muy frio… De aquel cielo gris, solo caía hielo en polvo; y nunca llovía café del campo.
El ruido aparatoso del tren 7, de aquel paisaje era el único canto, aquel que bajaba desde Jackson Heights hasta la calle 42. Allí, en esa 42, se daban cita todos los trenes de la ciudad.
La hora pico era el entremés para presenciar la tertulia multicultural, donde los extranjeros sin estudios y ganas de progresar leían cada letra de los trenes que llegaban al azar.
El tren E se quedó varado; a veces el K llegaba primero; el A llegaba llegaba tarde; el F nunca paraba, porque el N venía expreso y le corría detrás. El Q corría muy lento, parándose a descansar; por eso decía la gente: mira, allá viene el tren local.
Los dominicanos perseguían el tren 1 porque este llegaba hasta Washington Heights. Algunos pasaban sin frenos, llevándose tu mirada hasta el final.
En fin, era solo un laberinto en el cual tenías que esperar. Sin ruedas, estos se desplazaban en los rieles que chillaban con sonidos espantosos. Cientos de personas con el mismo sueño americano, entre empujones y manoteos, abordaban el gusano cuando adentro se acomodaban.
Las cortadas de ojos sobraban. De pronto, en la próxima parada, el blanco empujaba al negro; el negro empujaba al hispano; entre todos estos vivos, solo se formaba el continente americano, culturas entrelazadas con términos distintos y dichos que a su Patria les recordaba.
Nunca faltaba el san Antonio en un buen dominicano; y cada vez que el tren no arrancaba, la sirena con pánico soplaba. Amigos, era siempre un chino que en la puerta se atrabancaba.
En aquella parada, la obra terminaba con un grito: ¡Me voy pa Dominicana! Ya en la noche, el tren 7 subía deshidratado, dándole el paseo dormilón de dos horas a sus víctimas neoyorquinas.
Llegabas a tu parada, por fin abortabas aquel infierno del subterráneo; y el frío de nuevo te galleteaba. En las aceras frizadas, una anciana que patinaba, entre caídas y resbalones a tu palomar tú llegabas.
Y, en un solo suspiro, por las escaleras subías al quinto; y te esperaba tu viejo apartamento, con la letra número 5 y aquella nota eterna en el pasillo del edificio, que decía: “No hay calefacción”.
En tantas noches frías, edificios en candela y un fuego devorador calentaba tus paredes, que eran de cartón; todo por un necio que, por el frío, su horno prendió. A veces, explotaba un velón de un creyente sin religión. Los bomberos y la policía, sin tregua ni descanso, ya no sabían qué hacer.
Cucarachas vividoras, amigas de un ratón, no pagaban renta ocupando tu rincón; para no morir quemadas, en suicidio se anidaban en una lata de Baygón.
Y hoy aquí, en Dominicana, irónicamente, mis huesos siguen cautivos de aquella estatua pagana. Y sí, yo viví en Nueva York.
Elvis Méndez Compiano
Kinesiólogo, Quiropráctico, médico holístico
Compositor y escritor