En estos días quedé a desayunar con dos maravillosas amigas. Qué necesario es de vez en cuando reunirte con personas que te entienden porque viven lo mismo que tú o parecido, pero al mismo tiempo son capaces de hablarte desde fuera y hacerte ver las cosas de una forma en la que quizás tú no las veías.
Los círculos de apoyo son básicos para uno sostenerse en este devenir que muchas veces te deja bloqueado o enroscado en algo.
Uno de los temas que debatimos fue la importancia de validar los sentimientos de los demás. Tendemos a ser salvadores y dar consejos para que la otra persona no se sienta de una manera que consideramos que le está haciendo daño, y eso está bien.
Lo que pasa es que solemos pasar por alto el primer paso: validar cómo se siente, que entienda que no pasa nada por estar así. Si pasamos directamente al consejo o a tratar de animarla, estamos consiguiendo que además se sienta peor por permanecer en ese escenario y no hacer lo que debería hacer para salir de él.
Es vital ser capaces de escuchar, de permitir que la otra persona se desahogue, sienta, deje salir, y darle ese espacio seguro para hacerlo. Aunque no estemos de acuerdo, incluso no le veamos sentido a lo que nos está transmitiendo, no podemos de primeras tratar de contradecirle o decirle que eso que nos cuenta no es válido. Para ella lo es y eso es importante. Después, con calma, en otro escenario o cuando ella te lo pida, darle la respuesta que consideras que le va a ayudar.
Debemos dejar que cada uno encuentre su camino, sienta lo bueno y lo malo y acompañarle, siempre desde el cariño y el respeto.