Una rata

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Comienzo a escribir temprano un domingo, algo raro porque generalmente lo hago a media mañana, pero dormí muy mal.

Para aquellos que hemos recibido y contemplado en nuestros padres valores como honestidad, dignidad, respeto, gratitud, esfuerzo y trabajo se nos hace muy difícil relacionarnos con sujetos que han demostrado con sus hechos que no poseen ni les importa vivir bajo las premisas antes mencionadas.

Se trata de un trago muy amargo porque a veces las circunstancias te obligan a soportar la presencia en una reunión de negocios, de política, un encuentro social o peor aún familiar.

Hay que utilizar la linterna de Diógenes para localizar un conglomerado donde alguna cucaracha no esté contaminando con sus acciones el accionar del resto del grupo.

Estamos frente a un cáncer que se ha extendido a toda la sociedad y, en consecuencia, por más medidas que se tomen o cuidado que se tenga al socializar, negociar, o hasta casarse, las probabilidades de que un sinvergüenza se esté colando entre las filas son altas.

Nos quejamos con frecuencia del auge de la delincuencia y no nos damos cuenta que a diario estamos frente a uno de sus exponentes, quizás en la misma oficina o casa, la diferencia es que quizás, por conveniencia o afecto le aceptamos lo que llamaríamos “travesuras” cuando en el fondo sabemos que son verdaderos actos delincuenciales.

Conozco muchos casos en los que los bandidos de hoy iniciaron sus andanzas cuando niños o adolescentes, precisamente por lo lenitivo y complaciente de sus padres, tutores, guardianes o profesores, permitiendo así que se desarrollara el elemento nocivo y perturbador del día de hoy. Se aplica lo de “aquellos polvos trajeron estos lodos”.

La tarea de los que, contra viento y marea, nos hemos decantado por mantener una vida libre de tacha es redoblar los esfuerzos tendentes a preservar como norte el cumplimiento de las reglas que permiten una convivencia armoniosa y pacífica.

De continuar mirando hacia otro lado, mientras todo a nuestro alrededor se hace pedazos, serán nuestros hijos y nietos quienes pagarán las consecuencias de nuestra cobarde irresponsabilidad.

Es hora de limitar el grupo de amigos, los socios, los compañeros de partido y lamentablemente, si es necesario, los familiares con los que se comparte con regularidad, consciente de que se hará el papel de llanero solitario (y sin Toro).

No será fácil; de seguro la embestida será feroz, pues cuando se acorrala y desenmascara un animal, éste generalmente ataca……..así como te brinca una rata.

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El Día

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