Una guerra nunca está bastante lejos
Los hechos a la vista desde los días finales de la pandemia de Covid-19 hasta hoy muestran con claridad meridiana que es bastante más fácil empezar una guerra que detenerla.
Igual dejan ver a cualquiera que aparte la vista de una pantalla, que ningún conflicto está bastante lejos como para ser un asunto de otros.
Más de cuatro años después de haber sido lanzados los primeros ataques desde Rusia contra su vecina Ucrania, todavía el intercambio de fuego es un asunto de todos los días.
Tal vez alguien puede recoger de la memoria los efectos de este conflicto en la política europea y en los precios de una parte de los denominados commodities.
Otro conflicto alejado de las regiones confortables del mundo, iniciado por la administración del presidente Donald Trump contra Irán, amenaza todavía con cambiar de manera definitiva los estilos de vida y las relaciones internacionales, no sólo en el vecindario de naciones de Medio Oriente, sino en el entorno de las que están en sus antípodas.
Cuando fueron iniciados los bombardeos era común la afirmación de que serían operaciones de dos semanas.
Poco más de tres meses después el intercambio de fuego es más consistente que los esfuerzos por detener el conflicto.
Entre nosotros es común ver a los economistas referirse con cierto pesimismo al futuro inmediato y al que se valora a más largo plazo, precisamente por los efectos de un conflicto al que se le atribuían unas dos semanas de fuego.
Por lo visto iniciar una guerra es más fácil que detenerla. ¿Dejarán estas experiencias enseñanzas duraderas?
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