Una buena compañía
Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén. E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido. Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos (Lucas 24. 13-15).
Imaginemos que nosotros somos estos dos discípulos de Jesús y que en medio de nuestras conversación aparezca el Señor, no sé a ti, pero a mí me daría mucha alegría, caería de rodillas a sus pies, no hablaría palabra alguna.
Esta aparición de Jesús a los dos discípulos que iban a Emaus sucedió el mismo día en que resucitó de entre los muertos.
Ellos estaban viajando a Emaus, que estaba a sesenta estadios, es decir, a 11 kilómetros de Jerusalén, y hablaban de lo que le ocurrió al Señor: de cómo fue muerto, los latigazos que recibió, la forma en que fue crucificado y su resurrección.
Es necesario que hablemos de nuestro Señor Jesús, hablar de lo maravilloso que es conocerle, porque esto refresca nuestra vida con su presencia. Donde haya solo dos que estén ocupados en este tipo de acción, Él vendrá a ellos y será el tercero. Los que buscan a Cristo le encontrarán, Él se manifestará a los que pregunten por Él y vendrá en auxilio en medio de cualquier necesidad.
Si deseamos tener a Cristo habitando en nosotros, debemos ser honestos y sinceros con Él.
Porque Él todo lo conoce. La comunión con Cristo no es por una religión o tradición, nuestra relación debe ser todo el tiempo. Los que han experimentado el gozo y la bendición con Jesucristo, solo pueden desear más de su compañía.
Pidamos en oración a Jesús que camine con nosotros.