Ser hombre no es fácil
*Por Anny Guzmán
Mientras los casos de feminicidios y de maltrato a la mujer aumentan, los hombres víctimas de violencia de género son invisibilizados. Es como si pagaran justos por pecadores, y la balanza no se equilibrara para aplicar la ley cuando el género no es femenino. Y Temis, que también es mujer, no sólo está ciega, sino sorda y muda.
No es casualidad que la ministra de la Mujer fuera objeto de muchas críticas cuando expresó que ser hombre en la sociedad dominicana no es fácil. Y eso que no lo dijo en el contexto de la violencia que también sufren. Porque hasta la destitución le hubieran pedido, si hubiera dicho que, cuando la violencia se ejerce contra un hombre, el daño pasa desapercibido y, de haber castigo, no es igual de severo.
Cuando es la mujer quien acusa, no hay equilibrio, aunque sea falsamente. Porque su alegato rara vez se pone en tela de juicio, aun si no existen testigos, fotos, videos ni audios que lo corroboren.
Difícilmente una mujer le dará un golpe a un hombre que lo deje inconsciente, y son poquísimos los casos en los que le ha quitado la vida. Pero que sean menos no implica que la ley sea sólo para la mayoría.
No obstante, existe otro tipo de violencia: esa que destruye la moral, las finanzas, el estatus e incluso la relación con los hijos y otros miembros de la familia. Y es precisamente aquí donde cobra relevancia una figura que, aunque no se encuentra tipificada en República Dominicana, sí ha sido desarrollada por la doctrina y el derecho comparado: la violencia vicaria. Sus manifestaciones más evidentes se producen en conflictos de familia, mediante el uso de los hijos u otras personas cercanas como instrumento para causar daño psicológico a la pareja o expareja.
Pero el panorama jurídico es desalentador cuando vemos que en los países donde sí se ha normado e implementado la violencia vicaria, se ha limitado a una sola lectura: del hombre hacia la mujer. No viceversa.
Ahí radica el problema. No en el reconocimiento de la figura, que es necesario, sino en su aplicación selectiva. Porque cuando esa misma conducta es ejercida por una mujer, el sistema no la nombra, no la identifica y, muchas veces, ni siquiera la investiga bajo ese enfoque.
He visto con incredulidad cómo jueces y fiscales confunden el lenguaje y llaman imputado a la víctima, rectificando luego sin mucho esmero. Igualmente he observado, con impotencia, cómo las pruebas —órdenes de alejamiento incumplidas, propiedades violentadas, fotos y videos con armas—, aun siendo irrefutables, pertinentes y legales, son valoradas de forma subjetiva. Y si logran atravesar las puertas de las fiscalías y llegan al tribunal, he escuchado a jueces en sus diferentes roles:
“Esto se trata de una separación mal llevada.” (el juez psicólogo)
“Dialoguen.” (el juez árbitro)
“Tienen hijos en común.” (el juez terapeuta familiar)
Y posteriormente, absuelven. Archivan. (el juez garantista)
¿Qué pasa cuando los roles están invertidos? Nadie pide diálogo. Nadie lo reduce a una separación mal llevada. Y ningún juez absolvería con tanta prisa.
La diferencia no está en la ley. Está en quién la lee y cómo la aplica.
Es hora de recordarle a Temis que la ley es igual para todos. Y que si lleva vendados los ojos es como símbolo de imparcialidad, no de conveniencia de género.
