El Museo del Prado es una de las más importantes pinacotecas del mundo. Su colección alberga muchas maravillas, pero pocas obras tan impactantes como la pintura de Francisco de Goya conocida como “Saturno devorando a sus hijos”.
Es una referencia al mito griego según el cual, temeroso de que sus hijos lo sustituyeran, el titán Saturno los devoraba.
Esta obra viene a colación porque, aunque nos separan más de veinticinco siglos del momento en que Hesíodo recogió en su “Teogonía” las expresiones más antiguas de los mitos griegos que se conservan, parecería que no hemos aprendido la lección que ese mito quería transmitir.
Nuestro país, a pesar de su evidente modernización, continúa aceptando como algo natural que el sistema político, económico y social sacrifique recurrentemente a personas, sólo porque así lo quiere o a alguien le conviene. Son muchas las manifestaciones de este mal, pero todas tienden a debilitar la estabilidad y el progreso, de los que nos enorgullecemos.
Lo digo preocupado por el regodeo con el que hemos asumido el populismo penal como parte normal y deseable de nuestra vida en sociedad. Ese populismo se alimenta también de la falsa ilusión de que el monstruo nunca tocará nuestras puertas. Es un cálculo peligroso y contradictorio.
Decimos querer una aplicación estricta de la ley; sin embargo, aceptamos que se haga de manera arbitraria, selectiva y acomodaticia. Porque cuando se trata de garantizar derechos, caemos en demasiadas ocasiones en la tentación de mirar hacia otro lado.
Lo que no tomamos en cuenta es que cualquier sociedad que aspire a ser moderna requiere de un Estado de derecho en el cual la vida y la libertad de las personas no dependan del capricho o interés de quienes están llamados a servirnos a todos.
Es frágil, demasiado frágil, la estabilidad que se fundamenta en la arbitrariedad. Es iluso creer que nunca seremos nosotros los llamados al sacrificio. No podemos seguir aceptando la vulneración de derechos y el uso interesado del poder punitivo del Estado.
Y no se trata solamente de una amenaza que se cierne contra nosotros, sino de que un sistema que tolere esos grados de arbitrariedad ya está corrompido de la manera más funesta. Aceptar eso es una apuesta más que arriesgada. No hay que olvidar, si volvemos a los griegos, que Saturno devoró a sus hijos, pero no terminó bien.
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