Decir que vivimos tiempos convulsos es reiterar lo evidente. Dondequiera que se pose la mirada, ya sea en el ámbito nacional o internacional, se observa caos y flujo donde antes había estabilidad. Para algunos el trance histórico es similar al que dio origen al comunismo y al fascismo a finales del siglo XIX y principios del XX. No andan muy errados
Es evidente que, sobre todo en Occidente, existe un agotamiento del sistema político y económico y un debilitamiento del pacto social. La insuficiencia de las respuestas a las necesidades de la población ha generado en esta un descreimiento creciente en las instituciones vigentes y un deseo de cambio que no repara en la dirección hacia la que este apunta. Esto ha llevado a una polarización creciente y, con ella, al auge de los extremismos.
Mientras tanto, el orden de la democracia liberal se tambalea, tropieza y titubea. Pueden hacerse muchos análisis de cómo llegamos a este punto, pero pienso que lo importante es ver qué podemos hacer para salir de él.
Es conocido que los extremismos florecen en tiempos de dudas porque ofrecen respuestas sencillas a interrogantes complejas. Para quien se siente inseguro, resulta mucho más atractivo un enemigo fácilmente identificable o una causa sencilla de sus problemas que una respuesta llena de matices e incertidumbres.
Pero hay un elemento adicional, al que creo que debe prestársele atención: los extremismos ofrecen una visión clara del futuro que nos espera cuando obtengan el poder. No es que sea una visión coherente o realista, pero es clara. El liberalismo parece haber renunciado a ello y, por consiguiente, a la posibilidad de enfrentar a los extremismos.
Cuando hablo de liberalismo, me refiero a la ideología que lideró las tres grandes revoluciones democráticas de la Edad Moderna: la Revolución Gloriosa de 1688, la Revolución Estadounidense y la primera fase de la Revolución Francesa. Esa ideología que introdujo al mundo en una era sin precedentes de progreso material, científico y político.
En lugar de dedicarse exclusivamente a la autocrítica y a la defensa de tiempos pasados, debe despojarse de sus inseguridades y mostrarnos todo lo que aún puede ofrecer y los extremismos no. No basta con esforzarse en preservar lo logrado, que es mucho; tiene que lanzarse a conquistar el futuro. Es posible y es necesario.
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