Unos líderes a quienes ha tocado la administración de un Estado en crisis posiblemente necesiten de la legitimidad de su mandato para sentirse con la autoridad suficiente a la hora de las grandes decisiones, pero también con una medida del tiempo político, que muchas veces es de primera importancia en estos asuntos.
Esto concierne al liderazgo haitiano, apoyado en la comunidad internacional, porque el calado de la crisis les impidió a las élites asumir las grandes decisiones que demandaba el momento.
Como debe de saberlo cualquiera en la isla con un mínimo de información, el gobierno de facto que hoy administra los asuntos haitianos, que son posibles de ser manejados desde una oficina, empezó a ser organizado hace poco más de dos años en Jamaica, bajo el liderazgo de la Comunidad del Caribe y del entonces secretario de Estado, Antony Blinken.
La retención del entonces primer ministro Ariel Henry fuera de su país dejó ver con meridiana claridad la necesidad de poner a un lado a los sectores de poder que hasta entonces pugnaban por el control de lo poco que podía ser administrado desde el gobierno.
Ahora ha sido anunciada una nueva fecha para la realización de las elecciones, no porque estas sean indispensables en la circunstancia presente, con la presencia de una fuerza armada extranjera como soporte de las decisiones de Estado, sino porque la comunidad internacional necesita de unas formas particulares que pasan por la representación legítima.
Si las condiciones materiales y de seguridad internas permitirán la celebración de elecciones el 13 de diciembre, para cuando han sido pospuestas, se sabrá en unos cinco meses.
Después de todo, no hay que olvidar que las bandas armadas, a pesar de que tienen cada vez menos exposición mediática, siguen siendo el principal desafío que enfrenta la fuerza armada llevada desde fuera y el gobierno de facto organizado para tratar de sacar a Haití del agujero a donde lo han llevado los haitianos.