¿Por qué la persona que grabó a Davy Abreu cuando pedía auxilio no lo ayudó?
Santo Domingo.- La escena ocurrió en cuestión de segundos, pero sus efectos se prolongaron durante días en la conversación pública. En el pavimento, herido y pidiendo auxilio, estaba Davy Carlos Abreu Quezada, conductor de un camión recolector de basura, quien había sido perseguido por un grupo de motoristas tras un roce en la vía.
A su alrededor había personas observando, entre confusión y tensión, mientras algunos intentaban entender lo que estaba pasando. En medio de ese momento, también había un teléfono grabando la situación.
Detrás de esa cámara estaba un hombre que hoy prefiere mantenerse de espaldas. No por sentirse amenazado ni por vergüenza, según dice, sino por la avalancha de críticas que lo señalan como alguien que eligió grabar en lugar de actuar.
“Sí, yo llamé al 9-1-1”, insiste. Recuerda la hora exacta: 3:30. Asegura que del otro lado de la línea le confirmaron que las autoridades ya tenían conocimiento del hecho y que iban en camino. Para él, eso marcó el límite de su responsabilidad inmediata.
Mientras tanto, Davy seguía en el suelo.
El reportero gráfico, como se define, explica que no estaba solo: “Habían autoridades mucho más competentes que yo”, repite, como si esa frase fuera un escudo.
Menciona empleados de la fiscalía, personas en el entorno, figuras que, a su juicio, debían intervenir primero.
Pero nadie lo hizo o al menos, no a tiempo. La cámara siguió grabando.
Las preguntas comenzaron a fluir, insistentes, casi desesperadas: ¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vive tu familia?
Él sostiene que no era morbo, sino intención. Que cada pregunta buscaba una pista, una forma de conectar a Davy con los suyos antes de que fuera demasiado tarde: “Esa fue mi preocupación”, dice. “Que sus familiares supieran lo que estaba pasando”.
Sin embargo, la imagen que quedó grabada en la memoria de muchos fue otra: la de un joven herido pidiendo ayuda mientras alguien documentaba su agonía.
Las redes sociales no tardaron en reaccionar. Juicios rápidos, condenas contundentes. Para muchos, no había justificación posible.
Él, en cambio, se siente incomprendido: “Debieran premiarme”, afirma, convencido de que su acción tuvo un propósito útil.
No niega que se turbó. No niega el impacto. Pero insiste en que actuó dentro de lo que consideró correcto en ese momento.
También deja claro algo más: no se siente amenazado, pero sí preparado. Tiene abogado. Tiene argumentos. Y tiene una versión que defender.
En el fondo, su historia refleja algo más amplio que un solo incidente. Una tensión cada vez más visible en la sociedad: la línea difusa entre observar y actuar, entre documentar y ayudar, entre el deber humano y el rol que cada quien cree tener.
Porque al final, la pregunta sigue en el aire, incómoda e inevitable: Cuando la tragedia ocurre frente a nosotros… ¿somos testigos o somos responsables?
