“El que más poder tiene se cree con derecho a intimidar al más pequeño”: el análisis de la violencia social

Vergés advierto sobre la indiferencia en tiempos digitales y analiza la sociedad del espectáculo.-

Diseño sin título (1)

Santo Domingo.- Como si se tratara de un espectáculo en tiempo real, muchos actuaban como si esperaran al primero que lograra capturar la imagen más impactante para viralizarla.

En medio del caos, lo humano parecía quedar en segundo plano: frente al dolor de un hombre herido, lo que predominaban eran cámaras encendidas, celulares grabando y una atención centrada más en el contenido que en la vida que se apagaba frente a todos.

Davy, visiblemente desesperado, clamaba por ayuda: “No me dejen morir”, repetía mientras su rostro palidecía “como flor que se marchita”, según se observa en los videos difundidos en las redes sociales.

En medio de su agonía, y al ver que la asistencia no llegaba con la rapidez necesaria, alzó sus manos y dirigió su último clamor a lo único que en ese momento sintió como refugio: Dios.

“En tus manos me encomiendo, Señor; perdóname en el nombre de Jesús”, exclamó mientras su voz se quebraba con cada minuto que pasaba, como un reloj de arena en el que cada segundo que caía significaba menos vida y más cercanía al final que intentaba evitar.

Pero detrás de esta escena queda una interrogante más profunda: ¿qué está ocurriendo con la sociedad?

El psicólogo Luis Vergés plantea que hechos como este deben entenderse dentro de una dinámica social más amplia, marcada por lo que denomina la “sociedad del espectáculo”, donde el sufrimiento humano deja de ser una alerta de auxilio para convertirse en contenido consumible.

Vergés lo explica con claridad: “Se le ha dado mucho protagonismo al tema de los views, el tema de los likes; mientras más morboso es el contenido, más llama la atención de la población”.

En ese proceso, advierte, la atención se desplaza del ser humano hacia la búsqueda de validación digital, debilitando la empatía y normalizando la exposición del dolor ajeno.

En esa misma línea, el especialista introduce una idea que resulta particularmente contundente para entender la dinámica social actual: “el que más poder tiene se cree con el derecho de poder intimidar al más pequeño”.

Esta afirmación refleja, según su análisis, una estructura social donde la fuerza, el poder de grupo o la impunidad percibida pueden terminar imponiéndose sobre el respeto a la vida y la dignidad.

Vergés también advierte sobre la validación de la violencia, un fenómeno en el que ciertas conductas agresivas no solo no son rechazadas socialmente, sino que en algunos casos pueden ser toleradas o incluso reforzadas.

Esto genera un entorno donde la violencia deja de ser excepción para convertirse en posibilidad normalizada.

Otro elemento clave en su análisis es la responsabilidad diluida, especialmente visible en escenarios grupales o de turbas. En estos contextos, explica, la responsabilidad individual se fragmenta entre muchos actores, lo que reduce la conciencia del daño y facilita la participación o pasividad frente a hechos violentos.

A esto se suma el llamado efecto espectador, donde la presencia de múltiples personas no necesariamente se traduce en acción. Por el contrario, puede generar una inercia colectiva en la que todos observan, pero pocos intervienen.

Vergés insiste en que en estas situaciones es fundamental diferenciar entre observadores instigadores, activos y pasivos, ya que incluso la inacción puede tener implicaciones morales frente a una vida en riesgo.

El especialista también señala que estos comportamientos no surgen de manera aislada, sino que están vinculados a procesos sociales más amplios: modelos de conducta aprendidos, estructuras de desigualdad, exposición constante a contenidos violentos y una cultura digital que premia lo impactante por encima de lo humano.

En este punto, el caso de Davy se convierte en un espejo social incómodo: no solo por la violencia del hecho, sino por la forma en que fue presenciado, registrado y difundido en tiempo real.

El marco legal dominicano también aporta una base ética a esta discusión. La Ley 6132 sobre Expresión y Difusión del Pensamiento (1962) establece en su artículo 1 que la libertad de expresión es un derecho fundamental, pero su ejercicio debe respetar la dignidad humana, la honra, la paz pública y el orden social.

De igual forma, la Constitución de la República Dominicana, en su artículo 38, consagra la dignidad humana como fundamento esencial del Estado, lo que implica que toda forma de comunicación debe tener como límite el respeto a la persona.

Principios que, en este caso, se ven cuestionados al difundirse imágenes de una persona en evidente estado de indefensión, mientras su vida se apagaba frente a los presentes.

Desde esta perspectiva, lo ocurrido en Santiago trasciende el hecho aislado. Se convierte en una reflexión colectiva sobre los límites de la exposición, la sensibilidad social y el valor de la vida en una era donde la imagen puede pesar más que el auxilio.

El caso deja una pregunta abierta y difícil de ignorar: cómo en una misma escena pueden coexistir la ayuda y la indiferencia, la compasión y la grabación, la vida humana y su transformación en espectáculo.

Sobre el autor

Katherine Espino

Katherine Nicole Espino Cuevas. Periodista, locutora profesional y CMM. Máster en Comunicación Política Avanzada por Next Educación (Madrid). Amante de la escritura bien hecha, las historias con sentido humano y las causas sociales. Creo en la...