Papa y poder
El anuncio al clarear del lunes de esta semana que Benedicto XVI renunciaba es indudablemente la noticia más importante del presente año.
Es muy temprano para analizar todas las consecuencias de dicha acción del Papa, pero es una señal muy luminosa que habla muy bien del pontífice, sin quitarle méritos a los que se mantuvieron en la sede vaticana hasta su muerte.
Con Juan Pablo II asistimos a su enfermedad y deterioro, hasta el punto de no poder hablar desde la ventana de la clínica donde se hallaba. Nos enseñó el valor de aceptar la ancianidad y la enfermedad, confiado en la misericordia divina.
A Él nos debemos. Con su renuncia Benedicto XVI demuestra que su pontificado fue de servicio y no lo animaba ningún deseo de poder. Según medios de prensa indican que él tomó esa decisión luego de su viaje a Cuba y México.
Es indudable que un Papa del siglo XXI debe viajar mucho y mantenerse en contacto directo con toda la grey católica del orbe. Juan Pablo II marcó esa pauta.
La Santa Sede es la posición de mayor servicio en la Iglesia, no es un puesto para servirse, como no lo es ningún ministerio en la comunidad eclesial, Jesús lo formuló claramente en la Santa Cena.
Quienes se dejan deslumbrar por el oropel y el encumbramiento que ciertas posiciones brindan, aquellos que ansían el poder para beneficiarse del mismo, no pueden entender la decisión de Benedicto XVI.
Sólo el Evangelio permite comprenderlo. Que el Espíritu Santo brinde sabiduría a los cardenales del Cónclave para escoger uno nuevo.