Otra más
Ya nadie parece sorprenderse cuando un ex marido, un concubino, un enamorado, un novio celoso, o un aspirante a serlo, con razones de estarlo o sin ellas, agarra la pistola, toma un fósforo y gasolina o levanta su puño contra quien es o fue su amada; terminando en desgracia para ambos, casi siembre para la familia, la comunidad y siempre para los niños.
Es una de las mayores paradojas de la vida: el amor mata.
De poco han servido las burocracias de la Secretaría de la Mujer, la cuota femenina, las campañas financiadas por las agencias, los costosos bultos de la Procuraduría y de la Primera Dama, que las universidades tengan una matrícula de mujeres eminentemente mayor, los feminicidios siguen estando al día a día en República Dominicana, y lo peor es que ya paree que a nadie le importa esa vaina.
La última fue Fari Eunice Mateo, asesinada por su ex esposo, el Alférez de Fragata Ramón López Contreras, a pesar de que se jartó de querellarse en la Marina De Guerra, sin que nadie le hiciera caso. Entre los marinos, nadie se mete en pleitos de mario y mujer
Fue el sábado, no pudo montarse en el carro público, cuando el oficial que la asechaba le disparó a quemarropa, porque si no eres para mí, no serás para nadie. Pocas horas después se disparó él mismo, desgraciando la vida de dos familias, y sobre todo la de la niña de siete años que habían procreado juntos.
Yo no las estoy contando, quizás lo haga Susi Pola desde Santiago o Lulú en el INTEC, pero se que van muchas. Las estadísticas registran que el año pasado pasaron de 200 las mujeres asesinadas por asuntos pasionales, mientras que este año el número estará cercano.
Lo que si estoy seguro es que debemos tomar este tema en cuenta. Pero, más que enfrentar la desgracia, lo que hay es que evitarla. Serían múltiples y complejas las razones que llevan a un hombre, no necesariamente con historia criminal, a convertirse en un asesino. Pero, aunque cada caso es particular, deberá haber razones transversales las cuales haya que estudiar y sobre ellas incidir.
Creo que el trabajo del Estado y de la Sociedad Civil para eliminar los feminicidios debe estar entonces orientado en dos sentidos. En incidir y reducir las motivaciones culturales, sicológicas y materiales que provocan la actitud violenta en hombres y mujeres. Y en segundo lugar, en ponerle seria atención a los indicios de violencia intrafamiliar, tomando medidas concretas para evitar que el hecho final se consume.
Son muchas las razones, incluyendo las relacionadas con la grave crisis moral y social que vive el país, la que provocan un estado colectivo de desasosiego y violencia. La desintegración familiar, la cultura de la individualismo, la agudización de la crisis de las necesidades materiales, y la falta de esperanza en el proyecto societal colectivo, fomentan las soluciones violentas y desesperadas.
A eso hay que sumarle el sustrato cultural, la tradición machista de la sociedad dominicana, la visión de la mujer como un objeto, como pertenencia y la falsa creencia de la superioridad masculina.
Claro que también hay una acción necesaria en el seno de las familias, las instituciones, los barrios, las empresas, las iglesias, que permitan identificar posibles acciones violentas. El Estado y sus instituciones tienen que esforzarse por tomar en serio las amenazas de violencia. Muchas veces, el feminicidio no es más que la conclusión de un conjunto largo de episodios que pueden ser fácilmente reconocidos y enfrentados. Tomarlos en cuenta seriamente puede ser clave para detener a tiempo el proceso.
Pero, lo más importante en este momento, más que seguir viviendo anonadados por las terribles otras cosas que suceden en el país, muchas veces potenciadas por las tropelías desde el Poder, es que no perdamos la capacidad de asombro, de indignación y de rebeldía activa que nos permita cambiar las cosas.
Al final, sólo un cambio social profundo, podrá evitar que el amor siga matando, y sirva para lo que debe, que es para construir una sociedad mejor.