Nuestros ríos

editorial

La idea de que la isla de Santo Domingo ha sido premiada con una fenomenal dotación de agua, particularmente República Dominicana, es tan extendida entre nosotros que muchos hacen con este líquido cualquier cosa sin mayores consideraciones.

Una de esas muchas cosas que hacemos con el agua es perjudicarla en sus fuentes y ensuciarla como si nunca fuéramos a usarla para alguna necesidad personal o colectiva.

El río Yaque del Norte, canal de las aguas de una cuenca hidrográfica extendida desde las cumbres de la cordillera Central hasta el océano Atlántico, fue alguna vez fuente de donde cogían los pobladores de gran parte del Cibao y de la región Norte hasta la Línea Noroeste, agua para todo uso.
Cualquier persona medianamente informada sabe hoy día que usar el agua directamente de este río o de sus afluentes para la higiene, preparar alimentos o limpieza en el hogar comporta riesgos de consideración. Sólo después de haber sido tratada se arriesga alguien a darle algunos de estos usos.

Lo dicho del Yaque del Norte y su cuenca vale acerca de Camú, Yuna, San Juan, Yaque del Sur, Nizao, Haina, Ozama, Higuamo, Soco y Chavón, para mencionar los más conocidos, de mayor cauce y que nacen y desembocan en el país.
Todavía se puede decir algo más acerca de uno de estos ríos: el Ozama/Isabela, con su ría apacible convertida en cloaca.

¿Cuántas grandes ciudades del Caribe isleño cuentan con un recurso de sus dimensiones, belleza y potencialidades junto al pie de sus edificios y viviendas como la capital dominicana? ¿Y quién en su sano juicio se atreve con sus aguas envenenadas?

En una pauta social sacada a la luz por la encuesta Enhogar-MICS 2025 se puede entrever que estamos muy conscientes de lo que hemos hecho con las aguas del país: más del 85 % de la población usa agua embotellada para beber. Y agregamos nosotros: también para otros usos del hogar y personales.

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