No somos coach
Una de las cosas que siempre me sorprende es la capacidad que tenemos (todos) de saber lo que les conviene a los demás, aunque seamos incapaces de aplicarlo a nuestra propia vida.
Es como si nos convirtiéramos en coach de otros, basados en nuestros propios errores y experiencias y sintiéramos que les estamos dando las claves para que todo sea maravilloso y resuelvan sus problemas y situaciones.
Con esto pasa dos cosas. Primero, que estamos tan ocupados solucionando la vida a los demás que no miramos hacia la nuestra hasta que ya pasa algo, normalmente negativo, y eso nos remueve.
Y, segundo, que cuando esa persona no cumple con nuestras expectativas llamadas consejos, nos sentimos defraudados y hasta ofendidos.
De todo esto llegamos igualmente a dos conclusiones. Primera, debemos ocuparnos de nuestra vida primero, ser coach de nuestra propia felicidad y sólo opinar en la de los demás cuando nos lo pidan o si vemos algo que pueda ser realmente malo para ellos.
Y, segunda, entender que cada uno tiene el derecho de vivir su vida como quiera, nos guste o no, estemos de acuerdo o no, y eso hay que respetarlo de la misma forma que nos gusta que nos respeten a nosotros.
Dejemos que cada quién elija su camino, aun cuando en nuestra cabeza y en nuestros valores sea algo que lo hace infeliz.
Al final da igual cuánto queramos ayudar, cada uno vive sus propias experiencias, buenas y malas, y aun cuando siempre es bueno tener alguien cerca, la realidad es que hay que permitir a cada quién tomar las riendas y aceptar que lo que para uno es bueno, quizá para el otro no.
A veces es difícil, pero siempre es mejor estar al lado y aceptar que querer imponer y alejar.
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