Monetario Vs. fiscal

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Si algo aprendimos de la crisis de finales de los ochenta y la de inicios de los 2000 era que para lograr una estabilidad macroeconómica es necesario un equilibrio entre las políticas monetaria y fiscal.

La armonía entre estas dos nos ha traído periodos de estabilidad y crecimiento.

Inclusive, en esta relación, llegamos a pensar que lo monetario guardaba preeminencia sobre lo fiscal, a pesar de los desaciertos en el campo fiscal a lo largo de la década de los ochenta, con los denominados “inorgánicos”.

La política monetaria fue acentuando el uso de una variable para ejercer su rol, y esta era la tasa de interés.

La fiscal, por el otro lado, cumplía su función, manteniendo un adecuado equilibrio entre los ingresos y los gastos, a pesar de las quejas de insuficiencia de recursos para la salud, educación y seguridad ciudadana.

Sin embargo, la gran crisis mundial desatada hace un par de años nos alentó, con la colaboración de entidades monetarias y crediticias internacionales, a incurrir en políticas llamadas anticíclicas, en las que el estímulo a un mayor gasto, impulsado en gran parte por el endeudamiento, nos evitaba una recesión y un colapso de las fuerzas productivas a consecuencia de la caída del consumo.

Pero resulta que la crisis emanada principalmente de los países más desarrollados en sus decisiones de abaratar el crédito de consumo y de financiamiento hipotecario con instrumentos con tasas variables, rompieron el equilibrio y ahora se ven forzados a imponer una disciplina fiscal, so pena de ver sus mercados de capital colapsar, antesala de un colapso global.

Este cambio de rumbo, que ya tratamos en otro artículo, obliga a nuestra nación a encontrar nueva vez el equilibrio entre lo monetario y lo fiscal, cual yunta de buey, capaz de alejarnos de esas nubes oscuras que se quieren cernir sobre el país.

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