
La movilización diaria de por lo menos 2 millones 600 mil niños y adolescentes inscritos en la escuela pública y colegios, más unos 600 mil estudiantes universitarios, implica una gran actividad desde el amanecer hasta por lo menos las 10:00 de la noche en todo el país.
El transporte de los estudiantes, sea por medios colectivos o individuales, tiene implicaciones en las vías públicas y en ánimo de los adultos expuestos que no pueden ser consideradas una minucia.
Según datos del Banco Central dados a conocer esta semana, para la mitad de este año el número de empleados en el país era superior a los 5 millones cien mil personas.
¿Cuántos de estos empleados deben de salir a las calles y tomar un transporte, público o privado, para llegar a su lugar de trabajo? No lo sabemos.
Si llegan a ser tres millones, o más, y sabemos que hay de lunes a viernes más de 3 millones 200 mil estudiantes camino de sus escuelas y universidades o de regreso a casa, estamos en las condiciones de entender las dificultades que tenemos para movernos, particularmente en los grandes centros urbanos.
En el entorno de los centros privados de educación preuniversitaria, la situación puede llegar a ser complicada por el individualismo más que por la cantidad de quienes van a estos lugares.
Llegados a este punto tal vez no sea ocioso señalar que las normas para el tránsito de vehículos y personas existen en papel, pero que son absolutamente ignoradas por una enorme mayoría de quienes se ponen al volante de cualquier vehículo de motor.
Este ignorar, o poner a un lado las normas llamadas a facilitar las cosas, tiene el agravante de que la autoridad casi ruega al señalar una falta, como ha ocurrido esta semana con el director del Intrant en relación con los choferes de vehículos pesados en carreteras, que deben desplazarse por la derecha y sin embargo lo hacen por la izquierda en las vías de varios carriles en una misma dirección.