La paciencia

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Una vez le escuché decir a la editora de estas páginas, “no pidas paciencia porque se te darán más pruebas para que desarrolles y acrecientes la paciencia”, a partir de entonces razoné que mi querida amiga y hermana Lady estaba en lo cierto.

Mientras más paciencia pedimos, situaciones que la ameritan se nos cruzan en nuestros destinos.

Ser paciente, moderado y prudente, más que un don, es un arte que en verdad se cultiva, pero que en la vida rutinaria quisiéramos ignorar y que muchas veces nos hace lucir ante los demás como tontos, cobardes o simples “gallinas”.

¿Quién no quisiera pararse frente al jefe y mandarlo tan lejos como fuera posible o al esposo haragán que espera que la esclava, perdón, la esposa, le lleve todo al sillón mientras él ve la televisión?

Los esposos también dirían su parte, pero hoy escribimos las mujeres.

En la gran mayoría de las ocasiones, más que la paciencia, de una madre que espera y estimula a que su niño ingiera los alimentos o se deje vestir, lo que motiva a muchas personas a quedarse serenos es la necesidad. La necesidad de no perder su empleo, de no ser maltratada por sus maridos, de no ponerse en mayor riesgo que el indispensable.

Hoy solo he abordado el tema de la paciencia desde lo cotidiano, sé que para Baltasar Gracián es mucho más, pero hay quienes están de acuerdo en que lo que cuenta es lo inmediato y lo que para muchos es simple, porque si lo vemos a lo macro, ¿qué paciencia tienen quienes supuestamente son los más inteligentes y hacen guerras por cosas que ni siquiera les pertenece?

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